Hace unos
meses en el club de lectura volvimos a leer a Camus con recelo, casi con
miedo: ¡se le ha amado tanto!

Tiembla uno
de encontrarle ahora atrasado, o blando, o mezquino, o pomposo, o
sacristanesco. Con cierta garantía, al menos: le recordamos lo suficientemente
bien como para saber que no defendió crímenes, ni justificó masacres, ni se
regodeó en el elogio político o estético (¡Sade!) de ninguna forma de crueldad.
No padeció la cobardía física que suele empujar a los intelectuales al elogio
de la violencia e incluso a lo que Chesterton justamente llamó "el menos
viril de los vicios": la fascinación por la brutalidad. Regresamos a sus
páginas y se disipan los temores. Algunas discrepancias, ciertos fetichismos
lingüísticos ya obsoletos, pero por lo demás Camus no tiene ni una arruga. Más
nuestro que nunca, más ecuánime, más valiente, más tonificante y lúcido que
jamás. ¿A quién podemos acudir en este nuevo siglo de hiperbólicas
convulsiones, con tanto pelmazo cantando el tango lacrimoso de la "crisis
de los valores" y los peligros del "nuevo orden mundial", con
todos los nacionalismos funcionando a pleno pulmón y un splendor veritatis sospechosamente parecido al alumbrar de las
hogueras inquisitoriales, rodeados por la masificación creciente de la miseria,
del hambre y de la inmolación despiadada de los niños? ¿Y si volviésemos a
Camus?
Así lo
hicimos. Y lo hicimos con La peste.
Camus escribió La peste a poco de finalizar la segunda guerra mundial, casi al
mismo tiempo que el tribunal de Nuremberg juzgaba a los criminales de guerra
nazis. La mayoría de los comentaristas de La peste le han atribuido una directa
intención alegórica. Se trata sin duda de una hipótesis que no por verosímil
deja de ser contingente. En sentido estricto La peste es la historia minuciosa
y terrible de una epidemia que se abate entre Orán y deja a la ciudad argelina
angustiosamente aislada del mundo. La vinculación metafórica entre el flagelo
atroz de la peste y el exterminio brutal de la guerra parece bastante
plausible. El bacilo de la enfermedad puede representar aquí al germen
destructivo de una abyecta realidad histórica. Nada se opone a admitir esa
parábola sobre una concreta devastación humana. La memoria se convierte así en
una especie de antídoto para atajar el avance de un porvenir desolado.
Pero lo que
más netamente remite a un presunto alcance simbólico de La peste es la conducta
de los personajes que comparecen en sus páginas y se enfrentan a una tragedia
colectiva. Camus describe la propagación terrorífica de la epidemia valiéndose
de un realismo implacable, situando a los habitantes de Orán frente a la
crueldad de un destino que afecta sin distinción a culpables e inocentes. El
censo de personajes de la novela responde a una muy profusa diversidad de
caracteres. La población musulmana queda llamativamente al margen, o apenas
destaca por omisión. En términos precisos, sólo un grupo de franceses
protagonizan la historia infernal de la ciudad argelina asolada por la
epidemia.

Aunque La peste sea, en efecto, una crónica, el
texto va más allá de sus simples fronteras genéricas y ocupa otros espacios
articulados a lo que podría ser la investigación moral de los acontecimientos.
Ese presunto sustrato alegórico de la trama argumental se enriquece así con otros
muchos aportes filosóficos y sociológicos. El novelista-cronista ha procurado
en todo momento contrastar testimonios ajenos y dar sus propias respuestas a
los comportamientos de unos personajes implicados de uno u otro modo en la
tragedia. A veces se tiene la impresión de que todos esos personajes son el
propio Camus repartido en otros tantos intérpretes de los hechos.
Volvemos a
Camus y quizá el único reproche que puede hacerse a su estilo deriva
precisamente de este mérito, según apunta Octavio Paz: "Encandilado por la
misma brillantez de sus fórmulas, a veces fue, más que hondo, rotundo".
Concedido; pero le rescata el que no sólo trató de hacer pensar sino también de
conmover sin truculencia, con hermosa sencillez. Su énfasis no insulta ni intimida
sino que nos reclama: nos convoca.
Cuando cierta
vez le preguntaron en una encuesta trivial cuáles eran sus diez palabras
favoritas, repuso: "el mundo, el
dolor, la tierra, la madre, los hombres, el desierto, el honor, la miseria, el
verano, el mar." No requirió muchas voces más ni desde luego más
barriobajeras para decirnos lo que aún hoy necesitamos oír.
ALEJANDRO HENARES