Nos decidimos a abrir una nueva sección en este Blog con el nombre de MITOLOGIA. Podríamos dar muchas razones para justificar la presencia de este tema en un blog dedicado a la literatura. La encontramos de la mano de nuestro compañero JUAN CUERDA. Hace unos meses publicó el libro “Venturas y desventuras de un manchego universal vistas por un albaceteño”
MITOLOGÍA A LA CARTA
MEDEA DE EURÍPIDES.
Hoy, Juan nos ofrece una lección magistral sobre el mito de MEDEA
Si, parafraseando al judío que, en la Vida de Brayan, quería saber lo que habían hecho los romanos por ellos, nos preguntásemos ¿ qué han hecho los griegos por nosotros?, la respuesta sería múltiple: La filosofía, la democracia, las olimpiadas, grandes adelantos en geometría y astronomía, el teatro…
El teatro, tanto en su faceta trágica como en la cómica, tiene su origen en las Bacanales, aquellas fiestas tumultuosas y gamberras en honor al dios Dioniso, dios del vino y de la risa y una de las divinidades más populares de La Hélade.
La tragedia que a continuación vamos a leer, Medea, de Eurípides, uno de los tres grandes trágicos griegos y, según la crítica el más próximo a nosotros, el más innovador y el que más ha profundizado en la psicología y las pasiones de sus personajes.
Para conocer a fondo el
mito de Medea es preciso tener idea de otros dos mitos más antiguos: El del
Vellocino de Oro y el de Jasón y los Argonautas.
El resumen del primero de
ellos sería así:
Atamante, rey de Orcómeno
y padre de dos hijos - Frixo y Hele - casó en segundas nupcias con Ino que
aportó al matrimonio otros dos vástagos.
Ino, para que al morir
Atamante, alguno de sus hijos heredara el poder, ideó un plan, tan rocambolesco
como eficaz, para eliminar a Frixo y a Hele.
Ordenó a un grupo de
mujeres fieles a su causa que tostaran el trigo destinado para la siembra de
modo que ese año de los campos de Orcómeno no nació ni una mísera espiga.
Como buen griego Atamante
envió emisarios a Delfos para consultar al Oráculo sobre el origen y, sobre
todo, si esta catástrofe tenía remedio.
Y ahí entraba la segunda
parte del plan: Ino envió un grupo de soldados que detuvo a los emisarios y,
amenazándoles de muerte, les dijeron lo que tenían que decir al rey.
Ante el monarca, los
atemorizados mensajeros dijeron que la causa de la catástrofe era el enfado de
los dioses y el remedio que Atamante mandara sacrificar a sus dos hijos.
Atamante quería mucho a
sus hijos pero como rey no podía consentir que todo su pueblo muriera de hambre
por lo que, con gran dolor de su corazón ordenó el sacrificio de Frixo y Hele.
Ya en el altar de los
sacrificios un sacerdote, armado con un gran cuchillo jamonero, se acercaba a
ellos pero en ese mismo instante, Zeus, que se apiadó de los dos hermanos,
envió un gran carnero alado y con el vellocino de Oro para rescatarlos, y ante el
asombro del pueblo allí congregado, los chicos se montaron en el prodigioso
animal que, en menos de lo que se tarda en decirlo, despareció volando.
Cuando volaban a gran
altura sobre el mar Hele se mareó, cayó al agua y se ahogó. (En su recuerdo a
este mar le llamaron los griegos Helesponto (Mar de Hele y en la actualidad mar
de Mármara.)
Frixo llegó a La Cólquide
sin novedad y allí fue muy bien recibido por su rey Eetes.
Frixo, tras sacrificar al
carnero en honor de Zeus, regaló el Vellocino de Oro a Eetes que lo colgó en un
árbol de un bosque sagrado custodiado por un dragón que nunca dormía.
El segundo Mito
relacionado con Medea dice así:
Pelías arrebató el trono a
su hermanastro Asón, Rey de Yolco, pero no pudo impedir que la reina Alcimeda
pusiera a salvo al pequeño Jasón, heredero de la corona, dejándolo al cuidado
del centauro Quirón.
Cuando Jasón alcanzó la
mayoría de edad Quirón le reveló su origen y el joven decidió volver a su
patria para reclamar el poder a su tío al que halló en el ágora de la ciudad
realizando sacrificios a los dioses.
Tras identificarse exigió
a Pelías que le restituyera el poder a lo que éste dijo que así lo haría si
realizaba una empresa digna de un rey.
Jasón aceptó el reto y
Pelías le pidió que le trajera el Vellocino de Oro que estaba en La Cólquide.
A pesar de que nadie sabía
dónde estaba La Cólquide, Jasón estuvo de acuerdo y mientras encargaba a Argo
una nave como nunca se había visto hasta entonces, envió emisarios por toda La
Hélade para formar la tripulación y en la que se enrolaron los más valientes y
audaces de cada reino.
Iniciado el viaje, el
adivino de la expedición dijo que sólo el rey Fineo de Tracia sabía el rumbo a
tomar para arribar a La Cólquide.
A Fineo los dioses le
habían dado a elegir entre una vida corta y con una vista de lince o una
larguísima pero ciego. Fineo había elegido la segunda oferta cosa que enfadó
muchísimo a Helios, el Sol, pues él madrugaba todos los días para iluminar el
mundo con su luz y aquel botarate pasaba olímpicamente de su esfuerzo.
Por ello le envió, como
castigo, a las Harpías, unos monstruos con cuerpo de águila y cabeza de mujer
cuya misión era devorar y manchar la comida que le ponían a Fineo de modo que,
el pobre, tenía un hambre atrasada de varios años.
Cuando Jasón le pidió que
le indicara el rumbo para llega a La Cólquide, Fineo le contestó que lo haría
si antes él lo libraba de aquellos pajarracos.
Jasón pidió que le
trajeran la comida a Fineo y al instante aparecieron las Harpías pero antes de
que éstas se acercaran a la mesa dos miembros de la tripulación del Argo –
Calais y Zetes, – hijos del viento Bóreas y que tenían la facultad de volar,
las persiguieron y eliminaron.
Fineo cumplió su palabra y
tras sortear otros muchos peligros y tras salvar a unos náufragos (que
resultaron ser nietos de Eetes) la nave Argo, arribó en La Cólquide.
Recibidos por el rey éste,
en prueba de agradecimiento por haber salvado a sus nietos, le dijo que pidiese
lo que quisiese que, al instante se lo concedería.
Jasón le pidió lo único de
lo que Eetes no pensaba desprenderse: El Vellocino de Oro, pero como le había
dado su palabra, en lugar de negárselo, le dijo que para demostrar que lo
merecía debía superar una serie de pruebas.
Las pruebas a realizar
(luchar con toros salvajes, sembrar los dientes de un dragón de los que
saldrían guerreros armados, vencerlos a todos y coger el Vellocino vigilado por
otro dragón que nunca dormía. Y no lo hubiera conseguido a no ser porque Medea,
hija de Eetes y maga de profesión, se enamorara perdidamente de Jasón.
Medea prometió ayudarle si
él la llevaba consigo y se casaba con ella a lo que Jasón asintió al instante
y, así, superadas todas los prueba s con la ayuda de la magia de Medea, el Argo
partió a toda velocidad perseguido por las naves de Eetes.
Medea había llevado con
ella a su hermano menor Apsirto y cuando vio que los perseguidores se acercaban
mató al niño, lo descuartizó y fue lanzado los trozos al mar para que su padre
se entretuviera recogiéndolos y así consiguieron escapar.
Ya en Yolco, tras
despedirse de los Argonautas, Jasón llevó el Vellocino de Oro a Pelías que,
tras guardarlo en lugar seguro, dio un día de plazo a Jasón, a Medea, e
incluso, a los dos gemelos hijos de ambos, para que abandonaran su reino.
Pero
Pelías no conocía a Medea. Ésta sabedora de lo mucho que sus hijas querían a su
anciano padre se presentó ante ellas diciendo que, con su magia, podía
rejuvenecerlo.
Para convencerlas les
pidió un caldero con agua caliente y el carnero más viejo que pudieran
encontrar.
Las hijas de Pelías así lo
hicieron y Medea les pidió que lo mataran, lo descuartizaran y echaran los
trozos al caldero.
Entonces Medea echó en el
caldero una pócima y todo se lleno de humo lo que aprovechó la maga para sacar
de su amplía túnica un corderito de unos pocos días y lo echó en el caldero.
Enseguida se desvaneció el
humo y Medea sacó al corderillo diciendo a las asombradas hermanas que eso
mismo podían hacer con su padre. Y dicho lo cual les dejó la pócima y se
marchó.
Llenas de alegría las
hijas de Eetes lo buscaron y lo encontraron durmiendo. Tras matarlo a
cuchilladas lo descuartizaron y echaron sus miembros al caldero. Después
vertieron la pócima en el caldero con la consiguiente humareda pero esta vez al
disiparse contemplaron horrorizadas el cadáver de su padre hecho trocitos.
Sin esperar que se
cumplieran las 24 horas que Pelías les había dado, la familia Jasón huyó de
Yolco y no paró hasta llegar al vecino reino de Corinto donde el rey Creonte
les ofreció hospitalidad.
Pero Creusa, la hija del
rey, se enamoró de Jasón y éste, que ya estaba harto de los crímenes de Medea,
se enamoró a su vez de ella.
Creonte ordenó que la boda
se celebrara enseguida pero, para evitar problemas, ordenó a Medea que
abandonara Corinto al día siguiente.
Entonces Medea, cuyo amor
por Jasón se había vuelto un odio africano, quiso vengarse de él sin olvidar a
la novia y a su padre.
Su venganza fue terrible:
Envió a un criado, con una hermosa corona de oro y una túnica preciosa, en
busca de Creusa a decirle, de su parte, que para demostrarle que no estaba
enfadada le enviaba aquellos regalos.
A poco regresó el criado
contando la tragedia:
La princesa, al ponerse la
túnica y la corona, había salido ardiendo y el rey que quiso apagar las llamas
acabó tambien ardiendo, así como casi todo el palacio.
Ya
sólo le faltaba vengarse de Jasón por lo que Medea mató a sus hijos. Y en el
momento que Jasón llegaba para castigarla, ella montada en un carro con
caballos alados que le había enviado su abuelo Helios, huyó rumbo a Atenas
donde el rey Egeo le había prometido su protección
FAETÓN:
UN ADOLESCENTE CAPRICHOSO.
Fue criado
por su madre en la ignorancia de quien era su progenitor, hasta que, en su
adolescencia, Clímene le desveló el secreto.
Faetón al
saberse hijo de un dios tan importante corrió a su lado siendo recibido por su
padre con muestras de gran alegría y prometiéndole darle todo aquello que
quisiera.
Helio trató
de disuadirlo de lo peligroso que era gobernar aquellos corceles pues sólo él
lo conseguía, pero el joven se mantuvo en sus trece argumentando que se lo
había prometido.
Por fin
Helio, que lo había jurado por la laguna Estigia, no tuvo más remedio que
concederle el capricho no sin antes darle mil consejos de lo que tenía que
hacer, consejos que a Faetón le entraron por un oído y le salieron por el otro.
Emprendido el
viaje todo fue bien al principio, pero mareado de volar tan alto, Faetón bajó
tanto que, al acercarse a la tierra causó numerosos incendios por lo que,
asustado, elevó de nuevo el vuelo subiendo tan alto que los astros corrieron a
quejarse a Zeus de semejante desorden.
Para acabar
con tamaña anarquía, el jefe de los dioses lanzó uno de sus rayos que precipitó
al imprudente jovenzuelo fuera del carro con el consiguiente batacazo al llegar
al suelo.
MARSIAS
O
LO PELIGROSO QUE PUEDE SER DESAFIAR A UN DIOS
Marsias era un Sileno –así se les
llamaba a los sátiros viejos– natural de Frigia.
Gran aficionado a la música fue el
inventor de la flauta de doble tubo, instrumento del que llegó a ser un
auténtico virtuoso por lo que, modesto él, de auto proclamó en mejor músico del
mundo.
Y, para demostrar que no hablaba de
farol, no se le ocurrió otra cosa que desafiar al mismísimo dios de la música.
Apolo recogió el guante con la
condición de que el perdedor quedaría a merced del ganador cláusula que Marsias
aceptó sin dudarlo ni un momento.
Ante un jurado nombrado al efecto
ambos concursantes tocaron sus respectivos instrumentos con tal pericia que los
miembros del jurado, tras largas y apasionadas deliberaciones, declararon un
empate.
Entonces Apolo propuso, para
desempatar, que tocaran de nuevo pero esta vez con el instrumento al revés.
Marsias intentó oponerse pero los
jueces aprobaron la idea de Apolo y el concurso continuó.
El primero en tocar fue Apolo y su
lira, en posición invertida, sonó igual de melodiosa que la vez anterior.
No así la flauta de Marsias pues
cuando este sopló por la parte trasera sólo salieron unos inarmónicos ruidos
por lo que el jurado, por unanimidad, nombró campeón al dios.
Entonces Apolo, tras recordarle a
Marsias las reglas del concurso, lo colgó de un pino y lo desolló vivo
APOLO Y CORÓNIDE
O
¿POR QUÉ LOS CUERVOS SON NEGROS?
Corónide
dudaba entre sus dos enamorados pero Isquis, que a pesar de su juventud, sabía
más que El Tostado y Lepe juntos, la convenció para que dejara a
Apolo y se fuera con él, con el siguiente argumento:
En cambio, tú, como todos los mortales, irás perdiendo tu
juventud poco a poco.
¿Y qué crees que hará contigo Apolo cuando te salgas las
primeras arrugas?:
No hace falta ser un Solón para saberlo. Pues que te dejará
tirada como a una colilla y correrá a buscarse una jovencita.
En cambio, si te vienes conmigo envejeceremos juntitos
hasta que las Moiras nos separen.
Además
de su amor por Corónide, Apolo presumía de tener por mascota un cuervo cuyo
blanquísimo plumaje era la envidia de todas las aves del país, incluso de los
pelícanos, las cigüeñas y otras aves cuyas blancas plumas parecían oscuras al
lado de las del cuervo.
Cierto
día el cuervo sorprendió en el monte a Isquis y a Corónide besándose
apasionadamente. El cuervo, conocedor del amor que su dueño sentía por la
chica, pensó:
Apolo,
más celoso que Otelo, siguiendo las indicaciones del chismoso pajarraco, llegó
al lugar donde se encontraban los flamantes amantes y, a flechazo limpio, acabó
con ellos. El resto de la historia es propio de una película de terror:
Corónide,
moribunda, confesó a Apolo que esperaba un hijo suyo.
Entonces
Apolo sacó al nonato del vientre de su madre y se lo entregó al centauro Quirón
para que lo criara. Quirón bautizó al niño con el nombre de Asclepio; personaje
que daría mucho que hablar en el campo de la Medicina… pero eso es otra
historia.
Pero…
¿qué pasó con el cuervo?:
Pues
que ni la muerte de los amantes sirvió para calmar la ira de Apolo y así,
cuando el cuervo esperaba un premio por su hazaña Apolo convirtió sus níveas
plumas en más negras que la pez.
(Por
lo visto en aquellos lejanos tiempos ya pagaban los platos rotos los
mensajeros,)
EDIPO: UNA
HISTORIA TRUCULENTA
Edipo, hijo de Layo y de Yocasta reyes de Tebas, es el protagonista de uno de los mitos más conocidos de la mitología griega.
Cuando nació – al menos así lo cuenta Sófocles que de
mitología sabía un montón – un oráculo profetizó que mataría a su padre y –
para más inri – se casaría con su madre.
Ante semejante porvenir Layo abandonó al bebé en un
monte con la sana intención que lo devoraran las alimañas.
No fue ningún animal salvaje sino unos cazadores los
que lo encontraron y lo llevaron con ellos a Corinto y allí se lo regalaron al
rey Póbilo que no tenía hijos.
Edipo creció creyendo que el rey Póbilo era su padre
y, cuando fue mayor – como buen griego – consultó un oráculo para conocer su
futuro.
Cuando Edipo que, ni en broma, estaba dispuesto a
matar al buenazo de Póbilo, supo lo que el Destino le tenía preparado, ni corto
ni perezoso y sin despedirse de nadie se largó de Corinto.
En su vagar se topó, en un estrecho camino, con un
individuo y de muy malos modos, le pedía paso. Ante las exigencias de aquel
individuo – que resultó ser Layo, rey de Tebas – Edipo se negó a cedérselo.
Layo le atacó con su espada y Edipo, en legítima defensa lo mató.
Sin saber quien era el difunto, Edipo continuó su
camino y, en las proximidades de la ciudad de Tebas se encontró con La Esfinge,
un monstruo con cuerpo de león, cabeza de mujer y alas de águila, que proponía
a los caminantes dos enigmas – en realidad uno sólo pues nadie había sido capaz
de acertar el primero por lo que eran devorados por el monstruo.
El primer enigma era el siguiente: “¿Cual es el animal
que primero anda con cuatro patas, luego con dos y, por último con tres y es
más débil cuando anda con más patas?”
Tras pensarlo un momento, Edipo exclamo: ¡El hombre!
Cuando es un bebé gatea, de adulto camina con dos piernas y de viejo se apoya
en un bastón.
Sorprendida, La Esfinge, le presentó el segundo
enigma: “Son dos hermanas; cuando una muere nace la otra y cuando la otra muere
nace la primera, y así sucesivamente”.
Ya estaba relamiéndose La Esfinge cuando Edipo
exclamó:“¡Lo sé! ¡Son el día y la noche!”.
Bramando de rabia La Esfinge se suicidó lanzándose por
un precipicio ya que el Destino había predicho su muerte si alguien le acertaba
los dos enigmas.
La noticia de la muerte de La Esfinge llegó a Tebas y
los tebanos, agradecidos, tras casarlo con Yocasta, la viuda del rey Layo,
recientemente asesinado por un desconocido, lo nombraron rey de la ciudad.
Con esto y como no podía ser de otro modo, se cumplió,
“de pe a pa” lo vaticinado por el oráculo.
El final de esta tremenda historia lo dejaremos para
otro día.
EDIPO
(2ªPARTE)
LA
TRAGEDIA ESTÁ SERVIDA.
Pasó el tiempo y Edipo y Yocasta tuvieron dos hijos –Eteocles y Polinices– y dos hijas – Antígona e Ismene– con el consiguiente lío familiar ya que Edipo era, a la vez, padre y hermanastro de su prole y Yocasta madre y abuela de sus hijos; pero como todos ignoraban el embrollo la familia vivía contenta y feliz.
Pero como no hay
bien que cien años dure, pasado un tiempo, una terrible epidemia de peste se
abatió sobre Tebas amenazando acabar con todo bicho viviente, por lo que Edipo
mandó a Creonte (Su tío y cuñado) a consultar al oráculo de Delfos la causa de
la enfermedad y como vencerla.
El oráculo
contestó lo siguiente:
Ya en Tebas,
Tiresias se mostró remiso a contestar a las preguntas de Edipo por lo que éste
lo acusó de encubrir a Creonte. Ante tal acusación el indignado Tiresias habló:
El asesino del rey
Layo …¡¡Fuiste tú, Edipo!!
Y aquí los
acontecimientos se disparan:
Yocasta, al
escuchar semejante culebrón, corrió a su dormitorio y se ahorcó.
Edipo, al
contemplar horrorizado el cadáver de su esposa y madre se sacó los ojos con un broche de la finada.
Polinices y
Eteocles renegaron de Edipo y lo expulsaron de Tebas.
Edipo, acompañado por su hija
Antígona, inició una vida errante no sin antes maldecir a sus dijo y profetizar
que ambos se matarían mutuamente por hacerse con el trono de Tebas. Maldición
que se cumpliría al pie de la letra.
Pero eso es otra historia.
Concretamente la de:
“La expedición de los siete jefes
contra Tebas”.
de Afrodita.
Fue criado por las ninfas del monte Ida de Creta hasta que, convertido en un jovenzuelo de extraordinaria belleza, abandonó la isla decidido a conocer el mundo.
En su deambular, Hermafrodito, llegó a un lago y se disponía a darse un baño cuando la ninfa del lago, llamada Salmacis, lo vio y quedó completamente enamorada de él y, ni corta ni perezosa, le declaró su amor al joven.
Pero Hermafrodito la rechazó y ella, fingiendo retirarse se escondió entre unas cañas hasta que Hermafrodito se metió en el lago.
Entonces Salmacis se lanzó al agua y nadó hasta el joven abrazándose a él con fuerza.
Hermafrodito intentó desasirse del abrazo pero Salmacis, al tiempo que se apretaba su cuerpo contra el de él, suplicó a los dioses para que nada ni nadie pudiera separarlos.
Los dioses la complacieron haciendo que ambos cuerpos se fundieran en uno solo formando un único ser con ambos sexos.
ADONIS:
EL GUAPERAS AL QUE SE DISPUTARON DOS
DIOSAS
Existen varias versiones sobre el nacimiento, la vida y muerte de Adonis. La más conocida es ésta que nos cuenta el bueno de Hesíodo:
Tías, rey de Siria, tenía una hija llamada Mirra. Todo lo que tenía de guapa Mirra lo tenía de presumida hasta el punto de que llegó a decir que a su lado, la mismísima Afrodita, era fea a rabiar.
Cuando Afrodita se enteró de lo que Mirra iba pregonando le faltó tiempo para vengarse de ella de una manera tremenda: Hizo que se enamorara locamente de su padre.
Convenientemente
disfrazada, Mirra consiguió acostarse con su padre durante doce noches hasta
que, a la que hizo trece, Tías descubrió la identidad de su amante y, cogiendo
un cuchillo jamonero, la persiguió con intenciones asesinas.
Al verse perdida Mirra
pidió ayuda a los dioses y éstos la convirtieron en un árbol: el árbol de la
mirra.
Pasó el tiempo
reglamentario y la corteza del árbol se abrió y de ella salió un precioso bebé.
Afrodita, comprendiendo que con la madre se había pasado “tres pueblos” en su
venganza decidió adoptar al recién nacido al que bautizó con el nombre de
Adonis y lo confió a Perséfone –la diosa de los Infiernos– para que lo criara.
Cuando Adonis, convertido
en un mancebo guapo como pocos, fue reclamado por Afrodita, pero Perséfone, que
se había enamorado de él, se negó en redondo a entregárselo.
Ante la falta de acuerdo las diosas
recurrieron a Zeus y éste, tomando una
solución salomónica, dictaminó que Adonis pasara un tercio del año con cada una
de ellas y el otro tercio donde él quisiera y, como, amén de guapo no tenía un
pelo de tonto, Adonis eligió pasarlo con Afrodita.
Adonis tuvo un final
desastroso:
La diosa Ártemis, enfadada con él –Hesíodo no nos cuenta los motivos–, hizo que un tremendo jabalí lo destrozara.
EL NACIMIENTO DE ATENEA
Metis, la primera esposa de Zeus, se hallaba embarazada y Gea advirtió a su nieto, Zeus, que si ella daba a luz tendría un hijo más poderoso que su padre que, además, le arrebataría el poder.
¡Tragándose a Metis!
UN CENTAURO
BUENO Y SABIO
Los centauros, descendientes de Ixión y de Néfele, eran unos tipos mitad hombres mitad caballo que vivían en los bosques alimentándose de carne cruda sin hacer muchos distingos sobre el origen de ésta, ya que les daba igual comerse una vaca que al vaquero que la guardaba.
Si
en su estado natural ya eran bastante salvajes cuando probaban el vino se
convertían en auténticos gamberros.
Peleones
por naturaleza tuvieron impresionantes batallas con héroes como Ceneo, Heracles
o Teseo.
Pero
como no hay regla sin excepción dos centauros escapaban a tan negativa
descripción:
Folo
(del que hablaremos en otra ocasión) y el protagonista de este modesto
artículo: Quirón.
Quirón, hijo de Crono y de la oceánide Filira, era, amén de un buen tipo, un eminente pedagogo que dedicó su vida a la enseñanza de las más variadas materias: música, oratoria, medicina, equitación…
Por sus aulas pasaron la flor y nata de la juventud mitológica como Aquiles, Jasón, Asclepio e incluso el mismísimo Apolo recibió de Quirón lecciones de medicina.
En
cierta ocasión en la que Heracles tuvo una gran trifulca con un grupo de
centauros una flecha perdida lanzada por el héroe hirió a Quirón que
casualmente pasaba por allí.
Las
flechas de Heracles, impregnadas con la sangre de la Hidra, eran mortales de
necesidad, pero Quirón, por sus orígenes divinos, era inmortal por lo que
comenzó a sufrir unos tremendos dolores que se hubieran eternizados a no ser
porque Zeus se apiadó de él buscando un remedio que sólo él podía encontrar:
Pasó
la inmortalidad de Quirón a Prometeo y así el buen centauro pudo morir en paz.
Para
redondear su ayuda, Zeus colocó a Quirón en el firmamento formando la
constelación Sagitario.
Acteón era un joven, hijo de Aristeo y de Autónoe y nieto de Apolo
El ser de tan egregia familia le permitió pertenecer al selecto grupo de
alumnos –Aquiles, Heracles, Teseo, etc...del eminente pedagogo el Centauro Quirón, el cual consiguió hacer de él, si no un eminente erudito, si, al menos, un excelente cazador.
Joven, guapo, con dinero y una gran afición cinegética, el porvenir de Acteón era de lo más risueño a no ser porque un aciago día, sin comerlo ni beberlo, se encontró en el lugar equivocado y en el momento más inoportuno.
He aquí, poco más o menos, el triste final del mozo:
Cierto día en que Acteón, acompañado por su jauría compuesta por cincuenta canes a cual más fiero –el buenazo y concienzudo Ovidio nos da los nombres de todos– se acercó a una escondida fuente con la sana intención de calmar su sed.
Pero, para su desgracia, se encontró en ella a la diosa Afrodita que, con un grupo de ninfas de su cortejo, se bañaban en traje de Eva.
Acteón, primer voyeaur de la historia quedó hipnotizado ante semejante visión que no supo reaccionar y poner pies en polvorosa por lo que la pudorosa diosa, irritadísima, en palabras de Ovidio, le dijo:
“Vete ahora a contar que me has visto sin ropa,si es que puedes contarlo, permiso tienes”.
Y, al momento, convirtió a Acteón en un ciervo que, perseguido por sus propios perros, huyó a toda velocidad. Pero su desesperada huida estaba condenada al fracaso pues los perros, adiestrados por él miSmo, lo alcanzaron y despedazaron.
“ Y hasta que no se extingue aquella vida por las múltiples heridas
no se sació, cuentan, la cólera de Diana”.
Así termina Ovidio esta trágica historia en su obra Las Metamorfosis como aviso a posibles “mirones” ya voluntarios, ya involuntarios como en este triste caso.
SIRINGE Y PAN
Siringe era una hamadriade –ninfa de los bosques– de la que el dios Pan andaba enamorado aunque ella pasaba olímpicamente de las atenciones y requiebros que el caprino dios le prodigaba.
Viendo que con galanterías y endechas no conseguía más que desplantes, Pan decidió dar un giro copernicano a sus métodos y optar por un plan B.
Plan que consistía sencillamente en conseguir por las
bravas lo que no había conseguido por las buenas.
Y con estas malas ideas fue en busca de su amada.
Cuando Siringe lo vio venir al momento comprendió que algo
había cambiado en las intenciones de su, hasta entonces, pacífico admirador y
sin pensárselo dos veces salió huyendo a toda velocidad.
Pan la persiguió a toda pezuña y cuando estaba a
punto de alcanzarla Siringe pidió ayuda a los dioses que, apiadados de ella, la convirtieron en
una caña más del cañaveral por el que corrían, dejando a Pan con un palmo de
narices.
Pero Pan no era de los que se rinden a la primera y, tras
observar detenidamente las cañas cercanas, comprobó que, una de ellas, emitía
un sonido parecido a un gemido.
Comprendiendo que aquella caña sollozante era su amada la
cortó en trozos desiguales y, según nos cuenta Ovidio:
Así nació la siringa también llamada flauta de Pan y, desde entonces, se cuenta que Pan y Siringe fueron inseparables, pues al tiempo que interpretaba con ella bellas melodías se hacía la ilusión de estar besando a su amada.
CALISTO:
UNA TRISTE HISTORIA CON FINAL FELIZ.
Cierto día, Zeus se enamoró de ella y
conociendo la castidad de la ninfa decidió acercarse a Calisto recurriendo a
sus acostumbradas metamorfosis.
Esta vez, el mandamás olímpico, rizó
el rizo al transformarse, nada más y nada menos, que en la mismísima
Ártemis.
La falsa Ártemis llevó a Calisto a un
lugar apartado y allí tomó de nuevo su forma habitual.
Tiempo después la ninfa observó,
horrorizada, que estaba embarazada y, como pudo, trató de ocultarlo hasta que,
cierto día, que habían estado cazando, Ártemis propuso a su seguidoras darse un
baño, idea que todas acogieron con alegría y, tras despojarse de sus ropas se
lanzaron al agua.
Todas menos Calisto que, al final y
siguiendo la orden de su jefa, no tuvo más remedio que desnudarse descubriendo,
así, su embarazo.
La indignada Ártemis la arrojó de su
séquito y, pareciéndole poco este castigo, cuando Calisto dio a luz la
convirtió en una osa y lo mismo hubiera hecho con el bebé a no ser por que Zeus
lo evitó entregándoselo a Maya –la madre de Hermes– para que lo educara.
Pasaron los años y el niño, al que
bautizaron con el nombre de Árcade, se convirtió en un gran cazador y en una de
sus monterías se encontró con una osa.
La osa, ya por instinto ya por inspiración divina, reconoció a su hijo y fue corriendo a abrazarlo y éste, al creer que lo atacaba, la mató de un certero flechazo.
Tras tantas penalidades Zeus –¡a
buenas horas mangas verdes!– se apiadó de ella y la convirtió en una
constelación:
La Osa Mayor.
PIGMALIÓN:
UNA HISTORIA DE AMOR
Pigmalión, su estatua, Afrodita y Eros
Tal era la belleza de la estatua
que, a Pigmalión, en comparación con ella, todas las mujeres de su reino le
parecían feas. Por ello no cesaba de pedir a Afrodita, diosa del amor, que le
concediese por esposa una mujer tan hermosa como su estatua.
Una y otra vez el incansable Pigmalión acudía
al templo de la diosa con esta única petición hasta que un día Afrodita –unos
dicen que apiadada de él y otros para que la dejase tranquila– se la concedió y
cuando Pigmalión volvió a su palacio…
¡Oh, sorpresa!
La estatua había cobrado vida y lo
esperaba con los brazos abiertos.
El resto de esta historia es cosa de
las revistas del corazón de la época:
Pigmalión y la ex-estatua, que según algunos fue bautizada con el nombre de Galatea, se casaron y tuvieron una hija a la que llamaron Pafo.
Este mito sirvió de inspiración,
entre otros, al dramaturgo Bernad Shaw, para crear su Pigmalión y, que
fue llevada al cine por el director George Cukor con el nombre de My
Fair Lady.
DELOS:
LA ISLEJA VALIENTE
A pesar de su reciente boda con Hera, Zeus –el ligón del Olimpo– tuvo un romance con su prima Leto –hija del Titán Ceo y de la Titánide Febe– a consecuencia del cual quedó embarazada.
Cuando se enteró Hera, cuyo servicio de
espionaje superaba en mucho a la C.I.A. y al K.G.B. juntos, lanzó este aviso a
navegantes:
“Cualquiera, ya sea dios, humano,
animal o lugar, que preste ayuda o cobijo a Leto se las verá conmigo”.
Como de sobra era conocido por todos
el carácter colérico de la reina de las diosas nadie se atrevió a cobijar o
ayudar a la pobre Leto que, sola y desamparada, iba como loca de un lugar a
otro donde poder dar a luz.
Entonces una pequeña isla que, por
no tener, no tenía ni nombre ni raíces ya que flotaba a la deriva por el ancho
mar, se atrevió a desobedecer a Hera y acogió a la pobre Leto.
Y allí, en la isleja, protegida por
una oportuna niebla que Zeus envió, Leto dio a luz, primero a una chica
–Ártemis– que resultó tan despabilada y resuelta que ayudó a traer al mundo a
Apolo, su hermano gemelo.
Zeus, en agradecimiento a la
valiente ayuda prestada por la isla la bautizó con el nombre de Delos –La
Brillante– y no contento con esto la fijó en el mar en un punto que, para los
griegos, era el centro del mundo conocido.
CIPARISO.EL ORIGEN DEL CIPRÉS.
Cipariso, Apolo y el ciervo.
Cipariso, hijo de Télefo y nieto de Heracles, era un jovenzuelo
de extremada belleza y amigo de Apolo.
Además de por el dios, Cipariso sentía un profundo
amor por un ciervo domesticado que había criado desde que era un cervatillo y
que lo acompañaba a todas partes.
Con estos dos compañeros Cipariso se consideraba el
más feliz de los mortales hasta que un aciago día en el que, Apolo y él,
practicaban lanzamiento de jabalina, la lanzada por el joven se desvió y
alcanzó al ciervo, que dormitaba en un prado cercano, matándolo en el acto.
El dolor y la desesperación de Cipariso no tuvo
límites al ver el cadáver de su queridísimo ciervo hasta el punto que intentó
quitarse la vida, cosa que hubiese hecho de no estar al quite, Apolo
que, para evitarlo, transformó a Cipariso en un ciprés.
Desde entonces este árbol, que puebla los cementerios,
simboliza la tristeza.
Esta es la versión más conocida del origen del ciprés;
no obstante como en la Mitología Griega las hay para todos los gustos, ahí va
otra:
En la ciudad de Orcómeno se celebraban anualmente unas
fiestas en honor a la diosa Deméter.
En una de estas festividades las hijas del rey
Eteocles danzaban ante el altar de la diosa –que se hallaba cercano a un
estanque– con tanto entusiasmo que cayeron al agua y se ahogaron.
Apiadada de ellas, o sintiéndose hasta cierto punto
culpable, la diosa las convirtió en cipreses.
EL NACIMIENTO DE LA VÍA LÁCTEA
Nacimiento de la Vía Láctea
Zeus estaba tan orgulloso de Heracles –que por entonces
todavía se llamaba Alcides como su abuelo materno–, el hijo que, a pesar de
Hera, había tenido con Alcmena que decidió concederle la inmortalidad
convirtiéndolo en un dios hecho y derecho.
Aparte de ser hijo de un dios y una diosa existían contados
medios para convertirse en una divinidad y uno de ellos consistía en haber sido
amamantado por una diosa.
Y éste fue precisamente el método que Zeus utilizó.
Sobre como lo logró existen dos versiones que tienen como
protagonista a Hera, la enemiga número uno del hijo de Alcmena.
Según la primera fue el dios Hermes el que, por mandato de
Zeus y aprovechando que Hera dormía a pierna suelta en el Olimpo, cogió a su
hermanastro y se lo colocó en el pecho para que éste mamara de la diosa.
Heracles, que ya despuntaba maneras, succionó con tal
fuerza que la diosa despertó dolorida y lo arrojó todo lo lejos que pudo
mientras que de su pecho salió un gran chorro de leche que se extendió por todo
el universo formando La Vía Láctea.
La segunda versión sólo varía en algunos de sus
protagonistas:
Alcmena, por instigación de Zeus, abandonó a Heracles en el
campo, momentos antes de que por allí pasaran Atenea (que estaba en el complot)
y Hera.
Atenea recogió a Heracles y pidió a Hera que lo amamantara
pues el niño mostraba síntomas de necesitar alimento con urgencia.
Hera, sin saber de quien se trataba, accedió a amamantarlo
con los mismos resultados que en la versión anterior:
Hera dolorida, Heracles practicando el vuelo sin motor y el
firmamento con una nueva Galaxia.
Después de una vida repleta de aventuras y vérselas con todo tipo de peligros Heracles a su muerte (en otra entrega la contaremos) fue a parar al Olimpo donde, tras hacer las paces con Hera, se casó con Hebe, diosa de la Juventud.
TEUCRO: FUNDADOR DE TROYA
Sobre la fundación de Troya existen, al menos, cuatro versiones: La ateniense, la etrusca, la de Samotracia y la cretense.
Aquí nos centraremos en esta última
que asegura que fue fundada por Teucro, un cretense –ascendiente muy lejano de
otro Teucro, primo de Aquiles– hijo del dios-río Escamandro y de la ninfa Idea.
Ya fuera por su carácter aventurero,
ya porque no veía porvenir en Creta, Teucro, acompañado por un grupo de
paisanos tan inquietos como él, decidió fundar una patria a su medida.
Para ello antes de partir, fue, como
buen griego, a pedir consejo al Oráculo.
La respuesta que éste le dio resultó
fue –como casi siempre– vaga y oscura:
Después de recalar en numerosas
costas de toda la Hélade sin encontrar rastro de esos misteriosos “hijos de
la Tierra” llegaron a la lejana Tróade donde, exhaustos, desembarcaron en
las proximidades del monte Ida y, allí, decidieron pernoctar.
Al amanecer comprobaron con asombro
y temor, que todas sus pertenencias de cuero –correajes, sandalias, cinturones,
etc– habían desaparecido como por arte de magia. Pero su perplejidad se
convirtió en indignación al comprobar que la causante del estropicio había sido
una plaga de ratones.
Enfadados, los cretenses se
disponían a acabar con aquellos malditos roedores cuando a Teucro se
le encendió la bombilla y detuvo a sus hombres, diciendo:
“– ¡Alto! ¡Dejad en paz a los ratones!
¿No comprendéis
que hemos llegado a la tierra prometida por el Oráculo?
¡Hemos
sido atacados por los “hijos del suelo!”
LA QUIMERA
Algunos autores a
los que, por lo visto, su aspecto no les debía parecer demasiado terrible,
mejoran el original añadiendo varias cabezas más, todas ellas con la facultad
de arrojar fuego por la boca.
A todo esto hay que
añadir que tenía el cuerpo cubierto de unas escamas tan duras que las lanzas,
flechas o espadas, sólo conseguían hacerle unas ligeras cosquillas.
Se sabe que fue
criada por el rey Amisodares de Caria aunque se ignora la razón que llevó a
este monarca a encariñarse de semejante mascota.
Con el tiempo, ya
por que se cansara de ella, ya porque, al crecer, La Quimera asustaba al más
pintado, lo cierto es que la abandonó en las montañas de Pátara donde la
criaturita no tuvo más remedio que subsistir devorando a todo bicho viviente
que se cruzaba en su camino.
El rey Yóbates, que
no sabía cómo deshacerse de Belerofonte le encargó matar a La Quimera con la
seguridad de que éste palmaría en el intento.
El voluntarioso
Belerofonte montado en el caballo alado Pegaso intentó cumplir la orden real y
pudo comprobar como todas sus flechas rebotaban en la durísima piel del
monstruo o se quemaban con el fuego que sus bocazas lanzaban.
Entonces
Belerofonte, que debía ser un alumno aventajado en física y química, recurrió a
la siguiente estratagema: colocó, en la punta de su lanza un gran trozo de
plomo y la arrojó directamente a una de las bocas de La Quimera.
El resultado fue el
previsto por el avispado mozo: el plomo derretido le entró por la garganta y La
Quimera murió, en parte abrasada por el candente metal, en parte envenenada por
la ingestión del plomo.
LA VENGANZA DE DIONISO.
Penteo hijo de Equión, era uno de los Spartoi –hombres nacidos de los dientes del dragón sembrados por Cadmo– y de Ágave, hija de Cadmo y hermana de Sémele la madre de Donisio.
En la mayoría de las versiones Penteo, heredó –en vida de Cadmo– el trono de Tebas donde reinaba sin demasiadas complicaciones hasta que llegó a sus dominios el dios Dioniso que venía de su gira triunfal por Asia seguido de su corte formada por mujeres –las Bacantes– centauros y sátiros.
El dios del vino y la alegría quería vengar la muerte de su
madre de la que acusaba a su tía Ágave y, para ello, pidió permiso a Penteo
para organizar, en el monte Citerón a las afueras de la ciudad, una fiestas populares.
Penteo se lo concedió pero enterado de que dichos festejos
los participantes, en su mayoría mujeres y en las que participaba su propia
madre, corrían desnudos y con unas cogorzas fenomenales, mandó que
detuvieran a Dioniso y lo llevaran encadenado a su presencia.
Ya en palacio, Dioniso, tras sacudirse fácilmente sus
cadenas, se defendió de todas las acusaciones invitando a Penteo que acudiera
al monte y, escondido, se convenciera in situ de la inocencia de sus
fiestas.
Penteo así lo hizo pero fue descubierto por las Bacantes
que, en su locura y borrachas como cubas, lo confundieron con un león y,
lanzándose todas contra él, lo despedazaron en menos que se tarda en contarlo.
Y fue su madre la que, clavando su cabeza en un tirso,
encabezó una macabra procesión hasta llegar a Palacio.
Una vez allí, Cadmo hizo comprender a su hija que aquella
cabeza que tan orgullosamente mostraba no era de ninguna fiera sino la de su
querido hijo Penteo.
Esta revelación hizo desaparecer la tajada que
llevaba Ágave y comprender que todo aquello había sido tramado por Dioniso lo
que no fue óbice para que Cadmo, con gran dolor de su corazón, enviara a su
hija al destierro.
Y Eurípides, que de esto sabía lo suyo, termina su tragedia
“Las Bacantes”con este aviso a navegantes:
GALINTIAS:
LA CHICA QUE ENGAÑÓ A UNA DIOSA.
El nacimiento de Heracles
Zeus estaba tan orgulloso del hijo que iba a tener con Alcmena que no cesaba de contar a todo el mundo que éste iba a ser un tipo excepcional, un fuera de serie que llevaría a cabo grandes hazañas.
Tanto se fue de la lengua el jefe del Olimpo que la noticia
llegó a oídos de su esposa Hera y ésta decidió impedir a todo trance que aquel
niño, al que ya odiaba, llegase a nacer.
Para llevar a cabo sus planes, Hera recurrió a su hija
Ilitia, diosa de los alumbramientos, pidiéndole que utilizara todas sus artes y
poderes para evitar el parto de Alcmena.
Para complacer a su madre, Ilitia, se sentó cerca de la
casa de Alcmena y cruzó las piernas y los brazos, maniobra ésta que impedía
que, en los alrededores, ninguna parturienta pudiera dar a luz.
Durante días y días la diosa permaneció en esta postura con
la consiguiente desesperación de la pobre Alcmena, que sufría unos terribles
dolores que estaban a punto de hacerla enloquecer.
Pero si Hera contaba con su hija Ilitia, Alcmena tenía una
amiga llamada Galintias que destacaba por su ingenio y viveza y que viendo el
sufrimiento de su amiga recurrió a una estratagema para engañar a Ilitia.
Para ello comenzó a dar grandes gritos de alegría al tiempo
que decía que Alcmena había dado a luz un niño hermosísimo.
Al oír esto, Ilitia, se levantó indignada dispuesta a
presentar una denuncia ante Zeus por lo que consideraba un atropello a sus
competencias profesionales.
Y justo en el momento que descruzó las
piernas al ponerse en pie nació un niño que, como su padre había pronosticado,
sería famoso por sus hazañas: Heracles.
Con lo que no contaba Galintias fue con lo peligroso que
podía resultar burlarse de una diosa ya que Hera se vengó de ella
convirtiéndola en una comadreja, animalejo que derrocha viveza por todos sus
poros.
GANIMEDES:
AL OLIMPO POR LA CARA.
El rapto de Ganimedes
Ganimedes es –en la versión más conocida– hijo de
Laomedonte, rey de Troya y uno de los tipos más embusteros y perjuros de toda
la Mitología Griega.
Su belleza era tal que, siendo todavía un adolescente, Zeus
se prendó de él y lo secuestró cuando el chaval cuidaba los rebaños de su
padre.
Sobre el rapto de Ganimedes existen, dos versiones:
Según la primera Zeus envió un águila enorme que se llevó a
Ganimedes al Olimpo.
Posteriormente, y como pago a sus servicios, Zeus convirtió
al águila en la constelación que lleva su nombre.
La segunda versión afirma que fue el propio Zeus –cuya
facilidad para transformarse era similar a la de Mortadelo– el que,
metamorfoseado en ave rapaz, arrambló con Ganimedes.
Una vez en el Olimpo, Zeus, para evitar habladurías, le dio
a Ganimedes el cargo de escanciador en los banquetes celestiales, empleo que
hasta entonces desempeñaba Hebe, hija de Zeus y de Hera, y como no era cosa de
dejar a su chica en el paro y de paso evitar una bronca de Hera, la ascendió
dándole el título de Diosa de la Juventud.
Por último añadir que Zeus compensó a Laomedonte de la
pérdida de su hijo regalándole unos caballos divinos y una copa de oro “made in
Hefesto”.
Ni que decir tiene que el impresentable monarca se
consideró muy bien pagado.
NAUPLIO:
LA VENGANZA DE UN PADRE.
Nauplio, hijo de Posidón y de Amimone, está considerado como uno de los más grandes marinos mitológicos.
Participó, entre otras muchas, en la expedición de Jasón y
los Argonautas en la que llegó a ser, a la muerte de Tifis, piloto de la nave
Argos.
Casado con Clímene, hija de Catreo, fue padre de Palamedes
y cuando éste, bajo la falsa acusación de alta traición, fue lapidado en Troya
por sus propios compañeros, Nauplio juró vengarse de todos los gerifaltes del
ejército griego.
Para ello consagró su vida a la vendetta recorriendo
en su nave todos los reinos aqueos diciendo a las esposas de los principales
combatientes que sus respectivos maridos se lo estaban pasando “pipa” en
Troya, que se habían olvidado de ellas, que tenían numerosas concubinas y que,
ni en sueños, pensaban regresar.
Por último les aconsejaba que les pagaran con la misma
moneda y se buscaran amantes, pues lo que es a sus maridos no volverían a
verles el pelo.
Nauplio consiguió su propósito con muchas de las consortes
de grandes prebostes como Clitemestra, Meda e Egiaela, esposas respectivas de
Agamenón, Idomeneo y Diomedes pero, ironías de la vida, no pudo convencer a
Penélope, esposa de Odiseo, el verdadero culpable de la muerte de su hijo.
No pareciéndole suficiente castigo a los asesinos de su
hijo Nauplio quiso redondear su venganza con un plan B. Plan que ejecutó cuando
el grueso de la flota griega regresaba triunfante de Troya y que consistió en
lo siguiente:
Durante la noche, encendió una gran hoguera en una isla
rodeada de arrecifes y al verla, los griegos, creyendo que se trataba de un
puerto, se dirigieron hacia allí.
El resultado fue el previsto por Nauplio:
Numerosas naves se hundieron y un gran número de guerreros
fueron a parar al reino de Hades, entre ellos Áyax el pequeño, un singular
personaje del que hablaremos otro día.
Según Apolodoro, Nauplio murió ahogado por un acto de
traición muy parecido al que el cometió con los aqueos; aunque como en la
Mitología Griega siempre hay al menos dos versiones, según otros, fue engañado
por Anticlea, la madre de Odiseo, cuando Nauplio trataba de convencer a
Penélope.
Anticlea le comunicó la falsa muerte de otro de sus hijos y
Nauplio, lleno de dolor, se suicidó.
UNA VÍCTIMA DE ODISEO
Palamedes ante Agamenón
Palamedes acompañó a Menelao a reclutar a Odiseo para que
–como antiguo pretendiente de Helena– participara en el rescate de ésta,
raptada por Paris, hijo de Príamo, rey de Troya.
Odiseo, que maldita la gana que tenia de cumplir su
promesa, decidió engañar a los emisarios fingiéndose loco de atar.
Para ello, tras uncir a una yunta a un asno raquítico y a
un robusto buey, comenzó a arar un campo sembrándolo de sal.
Ante tal visión el ingenuo Menelao, apenado de la locura de
su amigo, quiso dejarlo tranquilo y regresar a Esparta, pero Palamedes, no
fiándose de Odiseo, quiso comprobar la locura de éste, poniendo ante la yunta
al pequeño Telémaco, a la sazón un bebé, de modo que Odiseo no tuvo más remedio
que parar para no atropellar a su hijo al tiempo, que entre carcajadas, decir
que todo había sido una broma y que, en pocos días, estaría dispuesto a zarpar
con su flota rumbo a Troya.
Desde ese instante Odiseo sintió un odio africano contra
Palamedes, odio que se iría incrementando a lo largo de la guerra porque éste
llegó a ser más popular que él ya que supo ganarse el aprecio y la simpatía de
todos gracias a inventos como los juegos de damas y los dados que hicieron más
llevadera la contienda a los soldados.
Tras mucho cavilar Odiseo ideó un plan para deshacerse del
odiado Palamedes:
Bajo amenazas de muerte obligó a un prisionero troyano a
que escribiera una carta supuestamente enviada por Príamo a Palamedes en la que
éste le ofrecía una gran cantidad de oro por traicionar a los griegos.
A continuación sobornó a un esclavo de Palamedes para que
enterrara el oro en la tienda de su amo.
Por último, y tras eliminar al prisionero y al esclavo,
hizo llegar anónimamente la carta a manos de Agamenón, que mandó llamar a Palamedes
ante el Consejo de Notables.
Viendo que nadie quería creer la culpabilidad de Palamedes,
Odiseo sugirió registrar su tienda y, hecho lo cual, se descubrió el tesoro
enterrado.
Ante tal evidencia el buenazo de Palamedes fue lapidado por sus compañeros de armas.
TALOS:
UN ROBOT MITOLÓGICO.
Los antiguos griegos, que sabían más que Lepe y el Tostado juntos, tenían un dicho o refrán que venía a decir, poco más o menos:
“No hay nada nuevo bajo el sol”
La versión más extendida sobre Talos asegura que fue un
regalo que el dios Hefesto hizo a Minos, rey de Creta, aunque existe otra que
asegura que fue construido por Dédalo, el número uno de los ingenieros
mitológicos y creador del Laberinto.
De talla gigantesca y construido en bronce funcionaba
gracias a un líquido mágico que le corría por todo su cuerpo y que su creador
le había introducido por un talón, que posteriormente había tapado con un tapón
de cuero.
La misión de semejante criaturita era proteger la
isla de Creta a la que daba tres vueltas todos los días para evitar, por una
parte, que nadie saliera sin el permiso de Minos, y por otra, que ningún barco
se acercara a la isla sin identificarse previamente.
Para persuadir a los que intentaban desembarcar sin antes
recibir el visto bueno disponía de un sistema persuasivo tan expeditivo como
eficaz:
Lanzaba grandes pedruscos a aquellos navíos que se saltaran
las reglas.
Cuando la nave Argos, al mando de Jasón, se acercó a la
costa con ánimo de repostar, Talos comenzó a lanzarle piedras del tamaño de un
microbús, pero Medea, a base de pases mágicos, lo enloqueció haciéndole dar
grandes saltos.
En uno de éstos se rompió el tapón al chocar contra una
roca y, al perder su líquido vital, Talos quedó convertido en un informe montón
de chatarra.
ICARIO Y ERÍGONE:
UNA TREMENDA TRAGEDIA ORIGEN DE UNAS FIESTAS
POPULARES.
Existen dos personajes en la mitología griega con el nombre de Icario, uno es el padre de Penélope y el otro –el que aquí nos interesa– es un ateniense padre de una joven llamada Erígone que, en cierta ocasión, acogió en su casa a Dioniso, dios del vino y la alegría, con tales muestras de hospitalidad que el dios, agradecido, les dejó un regalo a cada uno
Al
padre, un odre lleno de vino para que diera a conocer entre los atenienses la
exquisita bebida que patrocinaba.
A la hija, un rollizo bebé al que bautizaron con el bonito
nombre de Estáfilo (El Racimo).
Icario, siguiendo las instrucciones de Dioniso, invitó a
sus vecinos a degustar la nueva bebida pero éstos, al notarse achispados,
creyeron que Icario los había envenenado y lo mataron a palos dejando el
cadáver escondido en el monte y allí se hubiera quedado por los siglos de los
siglos si Erígone, guiada por su fiel perra, Mera, no lo hubiese descubierto.
Ante la macabra visión Erígone, loca de dolor se ahorcó de
la rama de un árbol.
Poco tiempo después, y entre las jóvenes atenienses, se
extendió una extraña locura que las llevaba a ahorcarse una tras otra por lo
que las autoridades corrieron a Delfos a consultar el motivo de tan peregrina
epidemia y, sobre todo, a saber como detenerla.
En contra de su costumbre el Oráculo fue meridianamente
claro y dijo:
Así que si queréis que vuestras mozas no se cuelguen como chorizos, castigar a los culpables de la muerte del padre y hacer una fiesta conmemorativa en recuerdo de la hija.”
Los atenienses así lo hicieron y tras linchar a los asesinos de Icario, instituyeron unas fiestas en las que, en recuerdo del suicidio de Erígone, colgaban unas cuantas doncellas de la ciudad.
Estos festejos se mantuvieron en Atenas en época histórica
aunque, menos brutos que sus antepasados mitológicos, sustituyeron a las chicas
por discos decorados con rostros femeninos y llegaron a ser tan populares que
los romanos, amantes de todo lo que oliera a griego, las copiaron para honrar a
su dios Líber Pater, el Dioniso itálico.
FRASIO: EL CID CAMPEADOR DE LOS ADIVINOS.
Frasio –que por algo era adivino– supo captar la indirecta
de sus compatriotas y, despidiéndose a la francesa, embarcó en la primera nave
que quiso admitirlo como pasajero.
El bajel en cuestión era de bandera egipcia y, tras una
larga travesía, Frasio se encontró deambulando por las calles de Tebas sin un
óbolo en el bolsillo.
Pero la otrora riquísima ciudad se veía entonces inmersa
–como todo Egipto– en una hambruna de lo más espantosa debido a una
tremenda y pertinaz sequía.
Ante semejante panorama, Frasio, ni corto ni perezoso y con
más moral que el Alcoyano, se presentó ante el rey asegurando ser un
prestigioso adivino capaz de, no sólo encontrar la causa de la sequía, sino
también de dar con la solución a la misma.
Aunque Bursiris –así se llamaba el rey de Egipto– estaba
más que harto de escuchar a charlatanes y aprovechados que se hacían pasar por
adivinos, decidió dar una oportunidad a aquel tipejo petulante y engreído.
Y así, Frasio, tras una serie de pases mágicos y observar
el vuelo de una bandada de grullas, comunicó al rey sus conclusiones:
“
– ¡Oh gran rey de los egipcios! La sequía que atenaza el país sólo se acabará
si sacrificas en honor a los dioses a un extranjero.”
Ante la rotundidad con que el adivino había expresado su
vaticinio, Bursiris quiso comprobar al momento la fiabilidad del mismo y, al no
tener a mano otro extranjero, ordenó que Frasio fuera sacrificado
inmediatamente.
Y así como dicen que Don Rodrigo Díaz de Vivar ganó una
batalla después de muerto, no había llegado al reino de Hades el ánima del
pobre Frasio cuando el cielo se cubrió de negros nubarrones y al momento
comenzó a diluviar.
Parece ser que, ante semejante prodigio Bursiris susurró:
“
– ¡Caramba que buen adivino era el chipriota!
De haberlo sabido
antes lo hubiera incluido en nómina.
CERBERO
El can Cerbero provenía de una ilustre familia de monstruos ya que sus papás eran nada menos que Tifón, el tipo más grande de toda la mitología griega, y la Equidna, un engendro con cabeza y cuerpo de señora hasta las caderas complementado con una larguísima cola de serpiente.
Tenía tres hermanos: El perro Ortro, chucho gigantesco con
dos cabezas que cuidaba los rebaños de Geriones, la Hidra de Lerna, dragón de
siete cabezas que arrojaba fuego por las narices y la Quimera, un verdadero
puzzle de bichos.
Por su parte Cerbero disponía de tres cabezas con sus
correspondientes tres bocazas armadas de agudísimos dientes amén de una larga
cola erizada de aguijones venenosos.
Trabajaba, al servicio de Hades, como portero de Los
Infiernos y su tarea era doble:
Por una parte impedir que ningún muerto saliera de las
zahúrdas infernales.
Por otra, evitar que ningún vivo entrara en ellas.
Estas labores las realizaba Cerbero con un celo que hubiese
sido la envidia del portero de discoteca más severo hasta el extremo que,
durante sus muchos siglos de servicio en la puerta principal del Infierno,
ningún muerto pudo presumir de haber burlado al celoso guardián y si alguno
salió –Sísifo y Protesilao– fue con un permiso temporal firmado por el mismísimo
Hades.
En cuanto a la entrada de vivos, en honor a la verdad, no
se puede decir que no se colara ninguno ya que hubo tres excepciones. (Las de
Odiseo, Piritoo y Teseo no se cuentan porque éstos entraron por puertas falsas
y no por la principal.
El primer gol se lo marcó a Cerbero el mejor cantautor de
toda la mitología – Orfeo– cuando bajó al Infierno con la pretensión de sacar
de aquel apestoso lugar a su querida Eurídice que acababa de morir y, cuando
Cerbero se disponía a destrozar al intruso, éste, a golpe de lira, lo dejó más
manso que un perrillo faldero.
El segundo fracaso de Cerbero fue todavía peor pues
Heracles, no se conformó con entrar sino que, además y con permiso de Hades, se
lo llevó con él cumpliendo así uno de los trabajos que su primo Euristeo le
había encomendado.
El último que logró entrar estando vivito y coleando fue
Eneas gracias a que la Sibila que le servía de guía durmió a Cerbero
arrojándole un chuletón de Ávila relleno de un potentísimo somnífero.
El nombre de Equidna significa “la Víbora" y a él respondía un maléfico ser con rostro y cuerpo de mujer complementado por una larguísima cola de serpiente.
De las múltiples versiones sobre su orígenes nos quedamos
con la de Hesíodo, que de Mitología sabía como el que más.
Según él, La Equidna era hija de Forcis y de su hermana
Ceto –un monstruo marino de cuyo nombre proviene el de cetáceo– hijos ambos del
Ponto (la Ola) y de Gea (la Tierra)
Casada con Tifón trajo al mundo a una serie de criaturas a
cual más angelical y adorable, a saber:
Los monstruosos perros Ortro y Cerbero, la abominable Hidra
de Lerna y la terrible Quimera.
Algunos autores aseguran que, además, tuvo amores con el mismísimo Heracles y que, con él, tuvo tres hijos que respondían a estos bonitos nombres:Agatirso, Gelono –epónimo de la ciudad de este nombre– y Escites, que daría nombre al pueblo Escita.
Instalada en el Peloponeso disfrutaba a lo grande devorando
a todo incauto que pasaba por las inmediaciones de la cueva que le servía de
vivienda.
Y así hubiese seguido por los siglos de los siglos si los “peloponesianos”,
hartos de ver menguar su censo de población,
no hubieran decidido poner coto a sus estragos y desmanes.
Para ello contrataron los servicios de Argos –aquel tipo
que dicen que tenía cien ojos– y éste acabó con la glotona monstrua de una
estocada en todo lo alto que hizo innecesaria la actuación del puntillero.
TIFÓN:
UN “OKUPA” CELESTIAL.
Según la versión más conocida –otra
dice que era hijo de Hera– Tifón o Tifaón era hijo de Gea –La Tierra– y del
Tártaro– la sección más tenebrosa de Los Infiernos.
Mayor que la montaña más alta, Tifón
era el ser más gigantesco de toda la Mitología Griega ya que, puesto de
puntillas, rozaba el cielo con la cabeza y con los brazos extendidos llegaba de
Oriente a Occidente.
Era capaz de arrojar fuego por los
ojos y, en lugar de dedos, tenía cientos de cabezas de dragón. Miles de
serpientes venenosas enmendaban su carencia de piernas y unas inmensas alas
acordes con su tamaño completaban su imponente y terrorífica figura.
Un carácter bronco y pendenciero
concordaba a la perfección con su físico, carácter que lo llevó, apenas
completado su desarrollo, a querer apoderarse del Cielo por las bravas
desalojando antes a todos sus inquilinos.
Y pensado y hecho: de un salto se
encaramó en el Cielo y, a grito pelado, comenzó a amenazar e insultar a todos
los dioses. Éstos, a la vista de semejante energúmeno, salieron corriendo y no
pararon hasta llegar a Egipto, donde cada uno, para despistarlo, se
metamorfoseó en un animal:
Apolo en milano, Hermes en Ibis,
Dioniso, en macho cabrío, Hefesto en buey… incluso Ares –dios de la guerra– se
convirtió en un inocente pececillo del Nilo.
El único que se quedó a defender su
reino fue Zeus que comenzó a lanzarle sus mortíferos rayos capaces de
achicharrar a cualquiera. A cualquiera que no fuera Tifón pues sólo
consiguieron chamuscarlo un poco.
Tifón, pasando a la ofensiva, se
lanzó sobre Zeus y, en un momento, le quitó los tendones de brazos y piernas
dejándolo convertido en una masa informe de carne que depositó en un ánfora,
haciendo lo propio con los tendones.
A continuación, y tras confiar ambas
vasijas al dragón Delfine para que las custodiara, se instaló en el cielo
dispuesto a reinar sobre mortales e inmortales.
Pero Hermes, avergonzado de su
cobardía, decidió ayudar a su papá y robó –por algo era el dios de los
ladrones– las ánforas a Delfine para, a continuación y ayudado por el dios Pan,
reconstruir al maltrecho Zeus.
Una vez recuperado y armado con
rayos de mayor voltaje, Zeus atacó al desprevenido Tifón que se vio obligado a
huir perseguido por su enemigo que lo alcanzó en Sicilia lanzándole el monte
Etna que lo dejó “planchado”.
Muchos años después los astutos
siracusanos daban a los cándidos turistas dos versiones sobre la lava que salía
del volcán:
Unos decían que era el fuego que el
aplastado Tifón todavía echaba por los ojos mientras otros aseguraban que
provenía de los numerosísimos rayos que Zeus le había arrojado.
Nota de sociedad: El difunto Tifón
dejó una inconsolable viuda –La Equidna– y una caterva de desvalidos y
adorables huerfanitos: Los chuchos Ortro y Cerbero, La Hidra de Lerna y La
Quimera.
LAS SIRENAS:
UNAS
“PRIMA DONNAS” CON MUY MALA UVA.
Ulises y las Sirenas
Como ocurre con otros muchos personajes mitológicos el origen de las Sirenas es confuso y embarullado ya que hay versiones para todos los gustos; pero si nos atenemos a la más conocida podemos asegurar que su padre fue el dios-río Aqueloo y en cuanto a su mamá hay discrepancia entre dos musas: Tersícore –musa de la danza– y Melpómene– musa de la tragedia.
Tampoco existe unanimidad en cuanto a su número y nombre
pues mientras unos dicen que eran cuatro –Teles, Redne, Molpe y Telxiope–,
otros aseguran que eran sólo tres –Pisinoe, Agloúpe y Telxipia–. Por último
están los que, si bien coinciden en que eran un trío, juran saber de buena
tinta que sus nombres eran: Parténope, Leucosia y Ligia.
El lo que si están de acuerdo todos los estudiosos del tema
es en dos características que definían a la perfección a las Sirenas:
La primera, que cantaban como los propios ángeles.
La segunda, que eran malas como demonios.
Habitaban en una isla del Mediterráneo, en las costas
italianas cerca de Sorrento y su ocupación y principal diversión consistía en
atraer, con sus maravillosas voces, a los marinos de los barcos que navegaban
por las cercanías haciéndoles naufragar en los numerosos escollos que rodeaban
las costas de su isla.
El Destino –a cuyos designios se doblegaban hasta los
mismísimos dioses– les había augurado que morirían si se les escapaban dos
barcos de los que navegaban por los alrededores de su morada, vaticinio que
ellas no tomaron muy en cuenta pues no había navío cuyos tripulantes hicieran
oídos sordos a sus cánticos.
Todo iba sobre ruedas –para ellas, no para los marinos–
hasta que apareció en el horizonte el Argos, capitaneado por Jasón y tripulado
por los Argonautas en su búsqueda del Vellocino de Oro.
Al instante las Sirenas comenzaron a cantar pero, para su
desgracia, en el Argos viajaba Orfeo, el mayor músico y cantor de toda la
Hélade, por lo que sus compañeros, haciendo caso omiso al canto de las aladas
divas, se concentraron en escuchar al insuperable Orfeo y pasaron de largo.
(En honor a la verdad sólo uno de los argonautas –Butes–
consideró superior la voz de las Sirenas y se lanzó al agua y allí hubiera
perecido a no ser por que Afrodita, enamorada de él, lo salvó en última
instancia, pero… eso es otra historia)
El segundo y definitivo traspiés de las Sirenas ocurrió
cuando la nave de Odiseo pasó cerca de sus costas y éste, tan curioso como
astuto, escuchó sus cánticos atado al mástil de su barco mientras sus hombres
con los oídos tapados con cera, remaban como posesos sin oír los ruegos y
maldiciones de su jefe para que se dirigieran a la isla.
Tras este segundo fracaso las Sirenas, irritadas, se
precipitaron al mar y se ahogaron cumpliendo así, como no podía ser de otra
forma, la predicción del Destino.
2ª PARTE:
HERACLES Y HESÍONE.
Heracles, Hesíone y el monstruo.
En el momento en que recuperaron sus poderes, Posidón y Apolo se apresuraron a vengarse del impresentable Laomedonte; cada uno de ellos a su estilo:
Apolo, enviando una epidemia de
peste que hizo estragos en la ciudad y apenas sus efectos se disiparon, entró
en juego Posidón enviando un terrorífico monstruo marino que devoraba a
cualquiera que se acercaba por la playa lo que produjo una caída en picado del
turismo en Troya.
Ante tal cúmulo de desgracias
Laomedonte consultó un Oráculo.
En este caso la Sibila de guardia no se anduvo con rodeos y le contestó:
“Laomedonte, el monstruo marino es un regalito que Posidón os ha hecho por tu informalidad como empresario a la hora de cumplir los convenios laborales.
Sólo os dejará tranquilo si le
ofreces a tu hija Hesíone como aperitivo”
Y así, la pobre Hesíone, víctima
inocente de su informal papá, fue atada a una roca en la playa a la espera de
que el monstruo viniese a merendársela.
Pero dio la casualidad que Heracles,
que venía de cumplir uno de sus doce trabajos, pasara por allí y al conocer el
por qué aquella bella moza se encontraba en tal duro trance se entrevistó con
Laomedonte y le propuso matar al monstruo y rescatar a su hija a cambio de unos
caballos que Zeus le había entregado al rey como compensación de haberse
llevado a su hijo Ganímedes para que, entre otras cosas, ejerciera como “sumelier”
en el Olimpo.
Heracles, una vez llegados a un
acuerdo, actuó al estilo de Julio Cesar en las Galias: “Llegó, vio... y se
cargó al monstruo”.
Pero cuando se presentó ante
Laomedonte con su hijita sana y salva, éste dijo no recordar nada de lo
pactado, y puso fin a la discusión recurriendo a su estribillo favorito:
¡Volveré!
Sería una generación más tarde
cuando una confederación de reinos griegos al mando de Agamenón y con el
pretexto de, según ellos, liberar a la bella Helena secuestrada por el troyano
Paris, atacó la ciudad no dejando de sus murallas piedra sobre piedra.
LAS MURALLAS DE TROYA
1ª. PARTE: LOS CONSTRUCTORES.
No debieron llevar su confabulación muy en secreto pues la
noticia llegó a oídos de la nereida Tetis y ésta corrió a contárselo a Briareo
(uno de los Hecatonquiros o Centimanos, hijos de Urano y de Gea)
Briareo que, al igual que sus hermanos, estaba muy agradecido
a Zeus por sacarlos del Tártaro donde su padre, Urano, los había encerrado, se
presentó ante los cuatro conjurados en el preciso momento en que éstos daban
los últimos retoques a su rebelión.
Ni que decir tiene que, ante la visión cerca de sus divinas
narices de aquellas cien manazas, los cuatro dioses se disolvieron
pacíficamente jurando olvidar sus planes de insumisión.
Enterado del caso, Zeus, galante como él era, perdonó a su
esposa y a su hija. No así a su hermano y a su hijo a los que condenó con la
mayor pena a la que un dios olímpico podía ser condenado:
Perder sus poderes durante un año y, lo que era mucho peor
para éstos: la obligación de estar al servicio de un mortal durante ese mismo
periodo de tiempo.
Y así, Posidón y Apolo no tuvieron más remedio que bajar a
la tierra en busca de un patrón al que servir con tan mala suerte que fueron a
dar con Laomedonte, rey de Troya y el tipo más mentiroso y trapacero de toda la
Mitología Griega.
Tras llegar a un acuerdo económico con el rey, los dos
dioses se comprometieron a construir una muralla alrededor de la ciudad de
Troya.
Pero apenas habían comenzado las obras cuando Gea advirtió
a Zeus de que si la muralla la construían sólo dioses Troya sería inexpugnable
incluso para las propias divinidades, problema que Zeus subsanó integrando a un
mortal en la cuadrilla: Éaco, el más pío de los hombres y que con el tiempo
sería abuelo de Aquiles.
Una vez terminada la obra, Zeus envió tres descomunales
serpientes que comenzaron a trepar por
las murallas. Las que lo hicieron por la parte construida por los dioses, al
momento, cayeron fulminadas, mientras que la que lo hizo por la parte edificada
por Éaco entró en la ciudad sin ninguna dificultad, con lo que quedaba
demostrada la profecía de Gea.
Por su parte los tres curritos (algunos autores
aseguran que los que de verdad trabajaron fueron Posidón y Éaco pues Apolo se
limitó a animarlos con los sones de su lira) se presentaron ante Laomedonte
para cobrar lo estipulado pero éste, haciendo honor a su fama de informal y
mentiroso y aprovechando que los dioses todavía no habían recobrado sus
poderes, los despidió con cajas destempladas amenazándoles con cortarle las
orejas si no desaparecían de su vista al momento.
Éaco se marchó sin rechistar, pero Posidón y Apolo, lo
hicieron echando tremendas maldiciones contra el tramposo rey y jurando
vengarse debidamente de tan impresentable sujeto.
Venganza que veremos en la siguiente entrega.
LA
ESFINGE
EDIPO Y LA ESFINGE
Cualquier mitología que se precie está plagada de monstruos más o menos tremendos terribles y la griega no iba ser menos ya que en ella pululan una gran variedad de engendros que a veces, como en el caso que nos ocupa, eran un verdadero puzzle de bestias y personas.
La Esfinge era un monstruo femenino
que tenía cuerpo de leona, rostro de mujer y alas de águila y era hija de una pareja
de energúmenos: La Equidna y el perro Ortro, aunque los hay que opinan que su
padre fue Tifón, el gigante más grande de toda la Mitología.
Había sido enviada por la diosa Hera
a las cercanías de Tebas para castigar a la ciudad por un delito que su rey,
Layo, había cometido tiempo atrás.
Instalada en un monte cercano a
Tebas, la Esfinge, se merendaba a todo viajero despistado que se
acercaba a la ciudad por lo que el turismo de la zona había caído en picado.
En honor a la verdad la fiera daba
una oportunidad a sus víctimas antes de acabar con ellas ya que les proponía
dos enigmas –en realidad uno solo pues nadie había sido capaz de acertar el
primero– y ante la incapacidad de dar con la solución, el monstruo se lanzaba
sobre el confuso y asustado viajero y lo devoraba no dejando ni las sandalias.
Con este incordio ni los tebanos se
atrevían a salir de la ciudad y sólo los forasteros que no conocían la
existencia del monstruo se acercaban a ella.
Hasta que Edipo –huyendo de la que
creía su patria por no cumplir el vaticinio de un oráculo que le aseguró que
mataría a su padre–, apareció en escena.
Al momento la Esfinge se presentó
ante él y, tras explicarle en qué consistía “el juego”, le propuso la primera
adivinanza:
“¿Cuál es el animal que por la mañana tiene cuatro patas, por la tarde dos y por la noche tres y es más débil cuando más patas tiene?”
Edipo reflexionó un
momento y contestó:
–¡El hombre! Cuando es un bebé anda
a cuatro patas, cuando es adulto con dos y, a la vejez, se apoya en un bastón.
La Esfinge, sorprendida, le formuló
el segundo enigma, aquel que nunca había tenido que utilizar, al tiempo que se
afilaba los dientes y las garras:
“Son dos hermanos.
Cuando uno muere nace el otro y cuando muere el segundo nace el primero”
Tras una larga pausa Edipo exclamó:
–!El día y la noche¡ Cuando acaba el
día comienza la noche y a la inversa.
La Esfinge –a la que el Destino,
había advertido que moriría si alguien resolvía sus acertijos –, rugiendo
furiosa, se lanzó desde un acantilado y se mató.
UNAS HERMANAS MUY INSPIRADORAS.
Musas danzando con Apolo.
Aunque en otras versiones aparecen como hijas de Urano y de Gea e incluso de Harmonía, en la más conocida las Musas son hijas de Zeus y de la titánide Mnemósine, personificación de la memoria.
El número de las Musas varió a lo largo de los tiempos,
primero tres, después siete hasta que en la época clásica se impuso
definitivamente la cifra de nueve.
Según Hesíodo, que se conocía la Mitología al dedillo, las
Musas pertenecían al cortejo del dios Apolo y su principal misión era la de
amenizar con cánticos y danzas, los banquetes de los dioses.
Otras tareas propias de las Musas eran la de acompañar a
los reyes y dictarles las palabras adecuadas para aplacar riñas y restablecer
la paz entre los mortales.
De igual modo, y siempre según Hesíodo, bastaba que un
cantor celebrase las proezas de hombres
o héroes del pasado para que todo aquel oyente que tuviera preocupaciones las
olvidase al instante.
Vivían en el monte Helicón de Beocia junto a la fuente
Hipocrene (Fuente del Caballo) llamada así porque brotó de una coz que Pegaso,
el caballo alado de Belerofonte, dio en una roca.
El más antiguo de los cánticos de las Musas fue el que
entonaron con motivo de la victoria de los Dioses Olímpicos sobre los Titanes,
para celebrar el nacimiento de un nuevo orden entre los inmortales.
Estos son sus nombres y especialidades:
Calíope:
Musa de la Poesía épica y primera de todas en dignidad.
Clío: De la
Historia.
Polimnia: De
la Retórica.
Euterpe: De
la Música.
Tersícore:
De la Danza.
Erato: De la
Poesía amorosa.
Melpómene:
De la Tragedia.
Talía: De la Comedia.
Urania: De la Astronomía.
FRIXO
Y HELE:
LOS
ORÍGENES DEL VELLOCINO DE ORO.
Tiempo
después, Atamante, tras repudiar a su esposa (otros dicen que ésta murió), se
casó con Ino, hija de Cadmo rey de Tebas, con la que tuvo otros dos hijos:
Learco y Melicestes.
Ino
(cualquier parecido con la madrastra de Blancanieves no es mera coincidencia)
aborrecía a Frixo y a Hele y, como quería que el trono pasara a alguno de sus
hijos, decidió acabar con ellos.
Para
lograrlo recurrió a una estratagema algo enrevesada y rocambolesca:
Primero
convenció a las mujeres del país para que, en secreto, tostasen el trigo reservado
para la siembra de modo que ese año la cosecha no dio ni una mala espiga.
Ante
la hambruna que se les venía encima, Atamante hizo lo que haría cualquier
griego sensato: enviar emisarios a consultar el Oráculo de Delfos.
Entonces
Ino, puso en marcha la segunda parte de su plan y, ya con dádivas ya con
amenazas, convenció a los emisarios para que dijeran al rey que el Oráculo
había pronosticado lo siguiente:
Sin
dudarlo un momento los chicos se montaron en el carnero que, al instante salió
volando “a toda pastilla” rumbo a La Cólquide, a orillas del mar Negro.
Ya
cerca de su destino Hele se cayó y se ahogó. Desde entonces a ese mar –el
actual mar de Mármara– los griegos le llamaron mar de Hele.
Para
aquellos que prefieren los finales felices, he aquí otra versión:
Posidón,
enamorado de Hele, la salvó y tuvo con ella tres hijos: Peón, Edono y Álmope.
Por
su parte, Frixo llegó a La Cólquide sin novedad donde fue recibido con todos
los honores por el rey Eetes hasta el punto que, años después, lo casó con una
de sus hijas.
En
correspondencia, Frixo regaló a Eetes el carnero alado y éste lo sacrificó en
honor a Zeus y colgó la piel –el vellocino de oro– en un árbol de un bosque
sagrado custodiado por un enorme dragón.
Años
después vendría Jasón y sus Argonautas a pedir a Eetes el Vellocino; pero eso
es otra historia.
Píramo y Tisbe son los protagonistas de una, tan bella como trágica, historia de amor.
Una versión muy antigua cuenta que Píramo y Tisbe eran amantes y que ella, al saberse embarazada se suicidó. Píramo al conocer la muerte de su amada se quitó también la vida. Los dioses apiadados de ellos los convirtieron, a él en el río de su mismo nombre y a ella en una fuente que vierte sus aguas en el río Píramo
Pero la versión más conocida es la que ha llegado a nosotros a través de la pluma del bueno de Ovidio que, aunque romano, de Mitología Griega sabía como el que más.
Dicha versión, en esencia, dice así:Píramo y Tisbe eran dos jóvenes babilonios que vivían en casas colindantes y que se amaban apasionadamente pero que no podían casarse debido a la radical oposición de sus respectivas familias.
Como tenían terminantemente prohibido el verse y hablarse sólo lo podían hacer en secreto y a través de una rendija que separaba sus respectivas viviendas hasta que, cierto día, decidieron citarse junto a una fuente que manaba al pie de una gran morera a las afueras de su ciudad.
Tisbe fue la primera en llegar a la cita y estaba esperando a su amado cuando vio, horrorizada, aparecer a una tremenda leona que acudía a beber a la fuente.
Aunque la joven escapó a todo correr no pudo impedir que, en su huida, se le cayera el velo que la cubría.
La leona se arrojó sobre el velo, rasgándolo y ensuciándolo pues llevaba la boca manchada con la sangre de una presa que poco antes había cazado. Poco después, tras hubo saciado su sed, la fiera se marchó.
A poco llegó Píramo a la fuente y al ver el ensangrentado velo imaginó que alguna fiera había devorado a su amada por lo que, desesperado, se suicidó traspasándose con su espada.
Recuperada del tremendo susto, Tisbe regresó y, al contemplar el cuerpo muerto de Píramo se suicidó también.
La sangre de ambos jóvenes llegó a las raíces de la morera que crecía junto a la fuente y al instantes sus moras que, hasta entonces eran blancas, se tornaron rojas.
Este mito inspiraría, durante muchos siglos, a numerosos autores. Sirvan como ejemplo, Shakespeare con su obra “Romeo y Julieta” que, a su vez, inspiró la película West Side Story.
CADMO:
FUNDADOR DE TEBAS
Cadmo y el dragón.
La mayoría de las Polis griegas presumían de tener origen mitológico, ya por haber sido fundadas por algún héroe de campanillas, ya por lo estrambótico de su fundación.
He aquí como, según los tebanos, fue el nacimiento de su
ciudad:
Cuando Zeus, metamorfoseado en toro, raptó a Europa, Agenor,
rey de Siria y padre de la chica, reunió a sus hijos varones –Cadmo, Fénix y
Cilix– y los envió en busca de su hermana diciéndoles, a modo de indirecta,
que, o volvían con ella o, de lo contrario, no se molestaran en regresar.
Los tres hermanos, acompañados cada uno por un grupo de
amiguetes, salieron en direcciones diferentes pero Fénix y Cilix pronto se
cansaron y, al no poder retornar a su patria, decidieron hacerse una a la
medida fundando, respectivamente, los reinos de Fenicia y de Cilicia.
Por su parte Cadmo, tras patearse casi toda La
Hélade decidió que lo más juicioso sería ir a Delfos y consultar al Oráculo el
paradero de su hermana.
La Pitia de guardia le dijo que, en lugar de preocuparse
por su hermana Europa pues ella se encontraba muy bien con Zeus que la trataba
como a una reina, lo que debía hacer era seguir el ejemplo de sus hermanos y
fundar una ciudad.
Cadmo, que no tenía ni repajolera idea de fundar
ciudades, le pidió consejo a la Pitia sobre el emplazamiento más ventajoso de
la futura urbe y ésta le contestó:
Al momento la vaca comenzó a caminar y Cadmo, que no era
tonto del todo, comprendió que aquella era la res que buscaba y, acompañado de
sus hombres, la siguió.
Aquel rumiante demostró ser una excelente atleta pues, tras
cruzar toda la Fócide se internó en Beocia hasta que, completamente agotada,
cayó en un montículo cercano a un manantial conocido con el nombre de “Fuente
de Ares” y Cadmo, seguro de que aquél era el lugar indicado por la Pitia para
fundar su ciudad, envió a algunos de sus hombres a traer agua de la citada
fuente.
Pero el manantial estaba guardado por un furibundo dragón
que, en un periquete se zampó a los aguadores.
Cadmo, que por las buenas era un bendito, pero que por las
malas tenía su genio, fue a la fuente armado de pies a cabeza y se cargó al
dragón.
Entonces se le apareció Atenea y le aconsejó que arrancara
los dientes al dragón y los sembrara.
A Cadmo aquello le pareció una auténtica guarrada
pero, por no desairar a la diosa, así lo hizo y cual no sería su sorpresa al
ver que de cada uno de los dientes surgía un guerrero completamente armado: “Los
Spartoi” o sea los Hombres Sembrados.
Ya se disponía Cadmo a poner pies en polvorosa cuando la
diosa le dijo que se escondiera detrás de un árbol y, desde allí, les lanzara
piedras.
Cadmo, no sin cierto miedo, siguió las indicaciones de
Atenea y los Spartoi, que resultaron ser unos brutos de campeonato, se
acusaron mutuamente del apedreamiento.
De los insultos pasaron a las armas y se organizó una
escabechina de la que sólo sobrevivieron cinco Spartoi que, al ver a Cadmo
se pusieron incondicionalmente a su servicio y le ayudaron a fundar la ciudad a
la que bautizaron con el nombre de Tebas.
Pero cuando todo parecía felizmente terminado Ares denunció
a Cadmo reclamando una indemnización por la muerte de su dragón y tras muchos
negociaciones los jueces acordaron que Cadmo debería quedar al servicio de Ares
durante ocho años.
No debió quedar insatisfecho el dios de la guerra de los
servicios de Cadmo pues al final de los mismos, lo hizo su yerno al casarlo con
su hija Harmonía.
ACONTIO:
EN EL AMOR TODO VALE
Iba a declararle su
amor pero, debido a la gran cantidad de gente que había en el templo, decidió
recurrir a la siguiente estratagema:
Cogió un membrillo
(otros dicen que una manzana) y, con la punta de su cuchillo, grabó en él la
siguiente frase:
“Juro
por el templo de Ártemis que me casaré con Acontio”.
Acto seguido lanzó la
fruta que fue rodando hasta los pies de Cidipe y ésta, al verla la cogió y,
distraídamente y en voz alta, leyó la inscripción.
Cidipe, al comprender
el sentido de aquellas palabras, arrojó el membrillo y salió rápidamente del
templo sin que Acontio consiguiera alcanzarla.
El enamorado joven la
buscó por todos los rincones de Delos hasta que comprendió que su amada debía
de haber abandonado la isla, por lo que, desesperado y sin saber donde seguir
buscándola, regresó a Creta.
Tiempo después, ya en
Atenas, el padre de Cidipe preparó un enlace de su conveniencia para su hija,
pero apenas había empezado la ceremonia tuvo que ser suspendida porque la novia
cayó gravemente enferma.
Cidipe se recuperó al
poco tiempo pero, cuando de nuevo se concertó la boda, volvió a enfermar y, en
adelante, cada vez que se hablaba del enlace, la novia sufría una repentina
recaída.
La noticia de tan
extraña enfermedad se extendió por toda Grecia llegando a oídos de Acontio y
éste, convencido que la chica que vio en el templo de Ártemis y la de la rara
enfermedad eran la misma persona, ni corto ni perezoso, se embarcó rumbo a
Atenas.
Una vez en Atenas
acudía diariamente a las puertas de la casa de Cidipe para interesarse por su
salud por lo que llegó a ser conocido por todos los criados de la misma.
Por su parte el padre
de Cidipe, alarmado por las sucesivas recaídas, viajó a Delfos para consultar
al Oráculo las causas de la extraña enfermedad de su hija.
Esta vez, y en contra
de su costumbre, el Oráculo fue clarísimo en su dictamen:
“Tu
hija está ligada por juramento a un joven llamado Acontio por lo que Ártemis la
castiga cada vez que se dispone a cometer perjurio casándose con otro.”
Al regresar a Atenas y
rebelar el vaticinio del oráculo los criados dijeron al padre que conocían al
tal Acontio pues todos los días preguntaba por la salud de Cidipe.
Y así fue como el
astuto y enamorado Acontio se casó con la bella Cidipe.
(Dedicado a Elena Maroto que, con cinco años, sorprendió a su maestra con sus conocimientos de Mitología)
INTRODUCCIÓN

Heracles no estaba por la labor de servir a su pariente –un
tipejo ruin, debilucho y cobardica– por lo que no hizo caso al mandato de la
diosa y ésta, que no estaba acostumbrada a que nadie la desobedeciera, en
venganza, lo enloqueció.
Cuando poco después recobró el juicio Heracles quedó
pasmado y afligido al comprobar todos las barbaridades que había cometido
durante su ataque de locura por lo que, cuando Hera volvió a repetirle la orden
bajo la amenaza de enloquecerlo de nuevo y esta vez para siempre, no tuvo más
remedio que obedecer y presentarse en Tirinto para que su primo le encomendase
doce tareas, cumplidas las cuales, quedaría libre.
Euristeo, que temía a su forzudo primo tanto como lo
odiaba, decidió encargarle una serie de empresas a cual más difícil y peligrosa
con la esperanza de que Heracles muriera en el cumplimiento de alguna de ellas.
En entregas
posteriores hablaremos de todos y cada uno de estos trabajos.
JUAN CUERDA
LOS TRABAJOS DE HERACLES
1º. EL LEÓN DE NEMEA
La primera tarea que Euristeo le encargó a Heracles, con la seguridad de que sería también la última, pues a buen seguro moriría en el intento, fue la de cazar un tremendo león que hacía tiempo venía asolando la región de Nemea.
Sobre los orígenes de esta tremenda fiera, existen varias
versiones:
Unos dicen que era hijo de Selene y que había caído en
Nemea desde la Luna.
Otros aseguran que era hijo de dos fieras a cual más
horripilantes: del perro Ortro, hermano de Cerbero, y de la Equidna.
Por último están los que afirman que lo había formado
Selene con la espuma del mar y por encargo de Hera.
A Heracles le fue sumamente fácil encontrar al león
siguiendo los restos de los numerosos guerreros que habían intentado cazarlo.
Cuando lo tuvo a tiro comenzó a lanzarle flechas y cual no
sería su sorpresa al comprobar como los dardos rebotaban en su durísima piel
por lo que, dejando el arco, desgarró una gruesa rama de un gigantesco olivo y
le arreó un tremendo porrazo en la cabeza aunque sólo consiguió aturdirlo. Acto
seguido se abalanzó sobre él y, abrazándolo con toda su fuerza por el cuello,
consiguió estrangularlo.
Para demostrar que había cumplido este primer trabajo y a
modo de recuerdo, Heracles decidió hacerse un casco con la cabeza de la fiera y
un manto con la piel pero, cuando quiso desollarlo, comprobó como su espada y
su puñal se rompían, debido a la gran dureza de la misma.
Aquello parecía una misión imposible pero Heracles, que
además de fuertote no tenía un pelo de tonto, dio con la
solución.
Lo desolló utilizando la única herramienta capaz de cortar
la durísima piel: las propias garras de
la fiera.
Vestido de esta guisa se presentó en el palacio de
Euristeo, el cual se llevó un susto tremendo pues confiaba que su odiado
primo no habría salido vivo del primer trabajo.
LOS TRABAJOS DE HERACLES
2º. LA HIDRA DE LERNA
Sin acabar de comprender como su odiado y temido primo había podido salir con vida del primer trabajo, Euristeo le encargó otro todavía más difícil y peligroso: acabar con la Hidra de Lerna, monstruosa serpiente –otros hablan de un dragón– que tenía un indeterminado número de cabezas –de de cinco a cien– aunque en la versión más conocida se asegura que éstas eran siete.
La Hidra, hija del gigantesco Tifón y de Equidna,
aterrorizaba la región de Lerna pues
tenía, amén de siete bocazas armadas de afiladísimos dientes, un aliento mortal
y, según algunos, arrojaba fuego por sus fauces.
Y hacia Lerna se encaminó Heracles acompañado por su
sobrino Yolao.
Gracias a la protección de la piel del León de Nemea,
Heracles pudo acercarse a la Hidra lo suficiente para, con su espada, cortarle
una de las cabezas, pero cual no sería su sorpresa al ver que del sangrante
cuello surgían, al momento, no una sino dos cabezas nuevas.
Sin arredrase, Heracles volvió a cortar otra cabeza y de
nuevo volvieron a brotar otras dos, por lo que éste, viendo que así no acabaría
nunca con el monstruo decidió cambiar de táctica y encendiendo una gran
antorcha se la entregó a su sobrino.
Y así, cuando Heracles cortaba una, inmediatamente Yolao
quemaba la herida impidiendo que brotaran nuevas cabezas.
Viendo lo mal que le iban las cosas a la Hidra, Hera envió
en su ayuda a Cárcino, un gigantesco cangrejo marino que agarró a Heracles por
un pie.
Fue lo ultimo que Cárcino hizo en su vida pues Heracles le
atizó tan tremendo porrazo que lo convirtió, a pesar de su durísimo caparazón,
en paté de crustáceo.
Al ver el comatoso estado en que había quedado su esbirro,
Hera, que aunque tramposa sabía recompensar a sus fieles, traslado a Cárcino al
cielo convirtiéndolo en la constelación de Cáncer.
Por su parte Heracles, cuando acabó de descabezar a la
Hidra, emponzoñó sus flechas en la venenosa sangre del monstruo y acto seguido
se encaminó a Tirinto para comunicar a Euristeo el cumplimiento de su segundo
mandato.
LOS TRABAJOS DE HERACES
3º. EL JABALÍ DE ERIMANTO
El tercer mandato de Euristeo fue el siguiente: Cazar,
sin ningún tipo de armas, y traerlo a su presencia un gigantesco jabalí del
tamaño de un hipopótamo que asolaba la región de Erimanto, destruyendo y
matando rebaños pastores incluidos.
Heracles emprendió el camino llegando a Fóloe, patria
del centauro Folo, hijo de Sileno y de una ninfa.
Folo, junto con Quirón, eran los dos únicos que no
estaban emparentados con el resto de centauros –hijos de Ixión y Néfele– y los
únicos que eran tipos amables y amigos de los hombres pues los demás eran unos
individuos atravesados y nada recomendables.
Folo recibió con grandes muestras de hospitalidad a
Heracles preparándole una espléndida cena regada con un buen vino de su
cosecha.
El vino tenía la virtud de despertar los instintos más
bajos de los hijos de Ixión y cuando su aroma llegó al finísimo olfato de éstos
que vivían en cuevas cercanas se presentaron en tropel con ánimo no sólo de
quitarle el vino a Heracles sino también de que éste les sirviera de cena.
La trifulca que se organizó a continuación fue de las
que hacen época:
Heracles, con sus flechas, fue acabando uno por uno
con todos ellos con la mala suerte de que, una flecha perdida mató al centauro
Quirón que se encontraba durmiendo como un bendito en su cueva.
Al terminar el combate, Folo, que no había intervenido
en la pelea, sacó la flecha de uno de los centauros admirado de que, siendo tan
pequeñas hubieran podido acabar con
aquellos tipos tan grandotes.
Para su desgracia pronto descubrió el misterio, pues
al manipular el dardo, éste se le cayó hiriéndole ligeramente en una pata y
como estaba envenenado con la sangre de la Hidra, Folo murió al instante.
Tras enterrar a los dos buenos centauros, Heracles
continuó su camino y, como en el caso del León de Nemea, no tuvo dificultad
alguna para encontrar el monstruoso cochino pues los destrozos que éste causaba
eran perceptibles desde muy lejos.
El jabalí, al ver a Heracles, se lanzó contra él pero
éste de un puñetazo lo mandó rodando varios metros por el suelo.
Comprendiendo que se las tenía que ver con un tipo
nada corriente, el jabalí emprendió una veloz huida seguido de cerca por
Heracles y éste, viendo que la carrera podía eternizarse fue empujando a la
bestia hacia una alta montaña nevada donde la fiera debido a su tonelaje se
hundió en la nieve.
Después, cargado con el gigantesco verraco, se
encaminó tranquilamente a Micenas.
LOS TRABAJOS DE HERACLES.
4º. LA CIERVA DE CERINIA.
Cuando Euristeo vio llegar a Heracles portando el gigantesco jabalí, lleno de pánico, se escondió en un gran jarrón para desde allí, en lo sucesivo y por medio de su criado Copreo, encargar a su primo los siguientes trabajos.
El cuarto de ellos fue que le trajera, también vivita y
coleando, la cierva de Cerinia.
Se trataba de una gigantesca cierva de áurea cornamenta (lo
que nos hace sospechar de que se trataba de un ciervo) y pezuñas del mismo
metal y que era una de las cinco ciervas que Ártemis encontró paciendo en el
monte Liceo.
Cuatro de ellas las unció la diosa a su carro y la quinta
la dejó libre con un collar –como advertencia a posibles cazadores– con esta
inscripción: “Táigete me ha dedicado a Ártemis”.
La Táigete en cuestión era una de las Pléyades, hijas de
Atlante y Pléyone, a la que Ártemis había convertido en cierva para librarla
del acoso de Zeus.
Una vez pasado el peligro Táigete recobró su primitiva
forma y, agradecida dedicó esta cierva a la diosa.
Si bien este cuarto trabajo no representaba el peligro que
los anteriores en cambio requería piernas fuertes y unos pulmones a toda prueba
pues la cierva en cuestión era tan veloz que nunca nadie –persona o animal–
había podido darle caza.
La persecución duró, nada más y nada menos, un año; durante
el cual la cierva y Heracles recorrieron varias veces el mundo entonces
conocido hasta que el animal cayó exhausto.
Heracles cargó con ella y se dirigía a Micenas cuando le
salieron al paso Apolo y Ártemis que le preguntaron por qué se llevaba aquella
cierva.
Como no era cosa de enredarse a mamporros con los dos
dioses, Heracles, que entre otras cosas había aprendido elocuencia del centauro
Quirón, les explicó que no se la llevaba por capricho sino por orden de la
diosa Hera que lo había puesto al servicio de Euristeo.
Ya fuera por su labia, ya porque Apolo y Ártemis eran sus
hermanastros, el caso es que le dejaron continuar su camino llevándose la
cierva.
Tras esto Heracles
continúo su camino cargado con su trofeo y, al llegar a Micenas ya estaba
Euristeo esperándolo para, desde su jarrón y por medio de Copreo, encargarle el
siguiente trabajo.
LOS TRABAJOS DE HERACLES.
5º. LAS AVES DEL LAGO ESTINFALO.
Escondido en su jarrón y por medio de su criado, Euristeo encargó a Heracles el quinto trabajo:
Eliminar a las aves del lago Estinfalo.
Se trataba de un gran número de aves rapaces de gran
tamaño que vivían en una espesa selva a orillas del citado lago, en Arcadia.
El deporte favorito de dichos pajarracos consistía,
amén de en devorar todo tipo de ganado, en atacar a los pastores y a cuantos
caminantes se atrevían a pasar por allí, lanzándoles plumas de bronce a modo de
flechas.
Tras estudiar el terreno, Heracles comprendió que la
principal dificultad para acabar con aquella plaga era conseguir que abandonaran
el bosque ya que, camufladas en la espesura sería imposible acabar con ellas.
Para conseguirlo Heracles penetró en la arboleda
haciendo sonar unas ruidosas castañuelas de bronce que según unos había
fabricado él mismo y según otros le había proporcionado Hefesto por mediación
de Atenea.
Ante semejante estruendo las aves, abandonando sus
nidos, le atacaron arrojándole una lluvia de broncíneas plumas que Heracles
pudo evitar gracias a la dureza de la piel del León de Nemea con que se cubría.
Acto seguido y a flechazo limpio y una tras otra, fue
abatiendo a todas las aves pues no en vano era el mejor arquero de toda la
Mitología.
LOS TRABAJOS DE HERACLES
6º. LOS ESTABLOS DEL REY AUGÍAS
Volver Heracles a Micenas, dar la novedad del trabajo realizado y recibir el nuevo encargo fue todo uno.
Esta vez, Euristeo, contrariado con la facilidad con
que su temido primo venía realizando sus encargos, decidió humillarlo
encomendándole una empresa indigna de un héroe y que, por añadidura, era –al
menos eso creía él– imposible de cumplir.
El trabajito en cuestión consistía en limpiar los
establos del rey Augías.
Antes de que Heracles se enfrasque en tan asquerosa
misión he aquí una breve nota biográfica de semejante personaje.
Augías, hijo de Helio –el Sol–, era rey de Élide y
había recibido de su papá un inmenso rebaño de vacas que mantenía en unos
gigantescos establos de los que no se ocupaba ni poco ni mucho, o sea nada.
Tres años llevaba el marrano monarca sin ordenar a sus
siervos que limpiara dichos establos por lo que se habían formado montañas de
estiércol sobre el que deambulaban las vacas.
El resultado de tanta desidia era un insoportable
hedor que se extendía por casi todo el Peloponeso.
Al escuchar semejante orden a punto estuvo Heracles de
mandar a freír espárragos a su aborrecido primo pero el recuerdo de la amenaza
de Hera de enloquecerlo de manera definitiva, le hizo recapacitar y encaminarse
a Élide, entrevistarse con Augías y pedir su visto bueno para llevar a cabo la
asquerosa misión, más propia para un batallón de basureros y barrenderos que
para un héroe de primera división como era él.
Augías estuvo de acuerdo con la petición de aquel
forzudo forastero aunque añadió al contrato una pequeña clausula:
El trabajo debería estar concluido en el plazo máximo
de un día.
Por su parte el rey, convencido de que se trataba de
una misión irrealizable, se comprometió a pagar a Heracles un terció de su
reino –según unos– o un décimo del ganado según otros.
Llegados a este acuerdo, Heracles puso manos a la obra
y, tras sacar las reses del establo, abrió, a golpes de cachiporra, dos grandes
boquetes en las paredes opuestas de los establos.
A continuación, y siempre a porrazo limpio, desvió los
cauces de los ríos Peneo y Alfeo, haciendo pasar las aguas de ambos por una de
las brechas abiertas y salir por la contraria.
El resto fue un experimento de física aplicada:
Las corrientes unidas de los dos ríos arrastraron, en
menos de lo que se tarda en contarlo, toda la basura acumulada dejando los
establos como diría un jovenzuelo actual: niquelados.
Como además de guarro, Augías era un mal pagador
parece ser que Heracles tuvo que ponerse serio para cobrar su tarea, pero eso
ya es otra historia.
LOS TRABAJOS DE HERACLES.
7º. EL TORO DE CRETA.
El séptimo trabajo que Euristeo encargo a Heracles fue la de traerle un tremendo toro que campaba por sus respetos en la isla de Creta, que atacaba a todo bicho viviente que se le pusiera a su alcance y que echaba fuego por los ollares
De las varias versiones que se conocen del origen de dicho morlaco ésta es la más conocida:
Los tres hijos de Zeus y de Europa –Minos, Sarpedón y Rodamantis– pretendían el trono de Creta y un tribunal sentenció que sería nombrado rey aquel de los tres que demostrara contar con el beneplácito de los dioses.
Minos, desde la playa, invocó a Posidón pidiendo una señal de su favor con la promesa de sacrificar en su honor aquello que le enviara.
Al instante surgió de las aguas un inmenso toro blanco por lo que los jueces, convencidos de que gozaba de la ayuda del marino dios, proclamaron a Minos rey de la isla.
Aquel toro era tan extraordinario que a Minos le pareció una pena sacrificarlo y, convencido de que a su tío Posidón pensaría lo mismo que él, le ofrendó un toro corriente y moliente.
El cambiazo de víctima sentó como un tiro al iracundo dios del mar al que, para demostrar su cólera, no se le ocurrió otra idea mejor que la de enloquecer al animal que, a partir de entonces, se dedicó con entusiasmo a causar todo tipo de estragos en los campos cretenses.
Conocidos los antecedentes del toro, sigamos con la la historia:
Una vez en presencia de Minos, Heracles solicitó permiso para llevarse al enloquecido cornúpeta, permiso que le fue otorgado con la condición de que lo hiciera el solo y sin ayuda de ningún tipo de armas.
Puesto manos a la obra y tras sudar lo suyo, Heracles consiguió dominar al bicho para después, agarrándolo con una mano por un cuerno y nadando con la otra, cruzar el mar hasta llegar a Micenas.
Allí entregó el toro a Euristeo que quiso dedicarlo a Hera pera la diosa se negó a aceptar nada que viniera de Heracles.
No sabiendo que hacer con toro Euristeo lo dejo libre y el toro, tras cometer todo tipo de tropelías y destrozos en la Argólide cruzó el istmo de Corinto llegando al Ática donde, tiempo después se las vería con otro héroe de primera división: Teseo.
LOS
TRABAJOS DE HERACLES.
8º. LAS
YEGUAS DE DIOMEDES.
Tras la realización del séptimo trabajo el estado de ánimo de Euristeo era ambivalente.
Por un lado veía con rabia como su odiado primo iba
cumpliendo, uno tras otro, sus encargos lo que hacía que sus ansias por
humillarlo fueran cada vez mayores.
Por otro, no quería ni pensar lo que aquel energúmeno
pudiera hacer con él una vez dejara de estar a su servicio.
Por eso, una vez más, le encargó un trabajo que juzgó de lo
más peligroso.
El trabajo en cuestión era que le trajera las famosas
yeguas de Diomedes, hijo de Ares y de Pirene y rey de Tracia.
En principio no parecía una tarea excesivamente complicada
a no ser por un pequeño detalle: Las susodichas yeguas se alimentaban
exclusivamente a base de carne humana.
De que estuviesen siempre lustrosas y bien nutridas se
encargaba personalmente Diomedes con la inestimable colaboración de aquellos
forasteros que tenían la desgracia de asomar sus narices por Tracia.
A estos, el rey, los invitaba a una suculenta comida en
palacio mientras les hablaba de sus preciosas yeguas.
Tras los postres los llevaba a la orilla de un foso para
que las vieran y cuando los incautos invitados se acercaban, el rey, de un
empujón, los arrojaba al foso donde los animales daban cuenta de ellos en un
periquete.
Cuando Heracles se presentó ante él, Diomedes no pudo menos
que alegrarse pensando el monumental banquete que sus queridas bestias se iban
a dar a costa de aquel tipo tan corpulento, pero en lo que le fallaron los cálculos
fue en pensar que podría tratarlo como si de un vulgar turista se tratara.
Y así, cuando Diomedes, tras tomar carrerilla, intentó
empujarle, Heracles se apartó con rapidez y el rey cayó al foso donde las
hambrientas yeguas lo devoraron al instante sin ningún tipo de consideración
para aquel que, durante tanto tiempo, había velado por su bienestar.
(Aunque no está documentado parece ser que las últimas
palabras de Diomedes fueron: Cría yeguas y te ...).
El resto fue coser y cantar: a porrazo limpio acabó con la guardia real para después, sin ningún problema, enganchar a un carro a los saciados animales y partir rumbo a Micenas.
Allí volvió a repetirse la historia del toro de Creta:
Euristeo, temiendo que las voraces yeguas decidieran, el
día menos pensado, merendárselo a él, las dejó libres en el monte donde,
después de merendarse a un número indeterminado de campesinos, ellas mismas
fueron devoradas por las fieras que campaban por allí.
LOS TRABAJOS DE HERACLES.
9º. EL CINTURÓN DE HIPÓLITA.
Euristeo, siempre pensando en la forma de humillar a su eventual siervo, amplió los servicios de Heracles a otros miembros de su familia, y así fue, esta vez, su hija Admete la que tuvo el capricho de poseer el cinturón de la reina de las Amazonas que, a la sazón, era Hipólita, hija de Ares y de Otrete.
El cinturón en cuestión era un regalo que el dios de la guerra
había hecho a su hija como símbolo de poder sobre su pueblo.
Existen dos versiones sobre como nuestro héroe se hizo con
el susodicho cinturón: una guerrera y otra romántica.
Según la primera, Heracles, al frente de un pequeño pero
escogido grupo de amiguetes marchó hacia Temiscira, patria, de las belicosas
mujeres. Una vez allí, y tras un largo combate, los atacantes consiguieron
apresar a Melanipa, hermana de Hipólita, exigiendo la entrega del cinturón como
rescate, cosa que la reina hizo al momento.
Según la romántica, Heracles llegó a Temiscira solo y, tras
pedir audiencia, expuso sus pretensiones a la reina y ésta, enamorada de él
como una colegiala, le entregó la preciosa prenda de mil amores.
De vuelta a Micenas, Heracles hizo escala en Troya justo a
tiempo de salvar a Hesione, hija del rey Laomedonte, de ser devorada por un
monstruo.
Laomedonte, uno de los tipos más informales y mentirosos de
toda la Mitología, se negó a entregar a Heracles unos caballos que le había
prometido si salvaba a su hija, y éste se marchó de Troya jurando en arameo y
tras anunciar lo que miles de años después le diría el general Macarthur a los
japoneses: ¡Volveré!
¡Y vaya si volvió!
Pero... eso es otra historia.
LOS TRABAJOS DE HERACLES.
10º. LOS BUEYES DE GERIONES.
Todavía estaba la coqueta Admete probándose el cinturón de Hipólita cuando ya tenía Heracles adjudicada la siguiente faena.
Esta vez Euristeo quería que su
involuntario servidor robara para él los bueyes de Geriones.
Este trabajito presentaba una gran
dificultad inicial:
Geriones vivía en la isla Eritia, en
Hesperia, en los confines del mundo conocido o sea, en el quinto pino.
Para realizar tan larguísimo viaje
Heracles pidió ayuda a Helio –el Sol– y éste le prestó una copa en la que el
dios regresaba de Occidente a Oriente, según unos por debajo de la Tierra y
según otros sobrevolando el Océano que circunvalaba el planeta.
A su paso por Tartesos, Heracles hizo
un alto en el camino para dejar constancia de su paso y para ello, en lugar de
grabar su nombre en cualquier monumento como hacen los turistas incívicos,
erigió dos grandes columnas en Gibraltar y Ceuta que, desde entonces, se
conocen como Las Columnas de Hércules.
Una vez el Eritia, Heracles se las
tuvo que ver con Euritión, un pastor gigantesco y malencarado y con su perro
Ortro, un perrazo de dos cabezas hermano del Can Cerbero, portero de Los
Infiernos.
Apenas Heracles había acabado, con la
inestimable ayuda de su porra, con sus dos contrincantes cuando apareció
Geriones, hijo de Criasor y de Calirroe, que, según una versión tenía tres
cabezas y según otra de su cintura nacían tres torsos con sus correspondientes
brazos y cabezas.
La pelea fue homérica aunque, al final
y tras un montón de asaltos, se impuso el hijo de Alcmena por un rotundo K.O.
Una vez dueño del ganado en litigio
Heracles emprendió el regreso a Grecia cruzando Hispania, la Galia e Italia,
donde decidió descansar y donde, según una versión romana, tuvo que vérselas
con Caco el ladrón más famoso de toda la Mitología hasta el punto que todavía,
varios milenios después, se sigue llamando cacos a todos los amigos de lo
ajeno.
Caco, aprovechando que Heracles
dormía, se llevó las reses haciéndolas andar hacía atrás para despistar y las
ocultó en una cueva cuya entrada disimuló con piedras y ramas.
Como en el caso del Cinturón de
Hipólita existen dos versiones de cómo nuestro héroe recuperó la manada: Una
“peleona” y otra romántica.
Según la primera Heracles no se dejó
engañar por el ardid de Caco y llegó hasta la cueva y tras abrir la entrada a
golpe de cachiporra y posteriormente “cargarse” a Caco con la misma, se llevó
los toros sin más problemas.
Según la romántica, Caco tenía una
hermana llamada Caca.
Caca se enamoró de Heracles y,
aprovechando la ausencia de su hermano, le reveló el escondite donde éste había
encerrado el ganado.
Se elija la versión que se quiera lo
cierto es que llegó a Micenas y entregó, siempre con Copreo como intermediario,
las reses a Euristeo y éste las sacrificó en honor de Hera, la diosa enemiga de
Heracles.
LOS TRABAJOS DE HERACLES.
11º.
EL CAN CERBERO.
Euristeo veía con desesperación como finalizaba el plazo en el que podía disponer a su antojo de Heracles y no sólo no había conseguido su propósito de acabar con él sino que involuntariamente había incrementado la fama de su tan odiado como temido primo.
Consciente de ello decidió ordenarle un trabajo que, a su
lado, los anteriores podrían pasar por juegos de niños.
Dicha tarea era la siguiente:
Traerle a Cerbero, el terrorífico perrazo portero de los
Infiernos.
La primera complicación de tan difícil empresa consistía en
encontrar el camino para llegar a la morada de Hades, tarea que le facilitó su
hermanastro Hermes guiándolo hasta el río Aqueronte, lugar donde el malencarado
barquero Caronte llevaba las almas de los muertos hasta la entrada de los
Infiernos.
La segunda dificultad fue que Caronte, de malos modos, se
negó en redondo a llevarlo alegando que en su barca sólo podían montar las
almas de los muertos y que si, en cierta ocasión, había hecho una excepción con
Orfeo cuando éste iba en busca de su amada Eurídice, fue porque lo encantó con
sus melodías y cánticos.
Desde luego Heracles no gozaba de la virtuosidad musical de
Orfeo pero, en cambio, contaba con otra cualidad también muy convincente y
persuasiva y así, cuando Caronte quiso despedirlo con cajas destempladas, le
propinó tal paliza que el viejo barquero prometió llevarlo a donde quisiera y
sin cobrarle el pasaje.
Al desembarcar Heracles en la puerta de los Infiernos se
encontró con Cerbero, un tremendo perrazo, de tres cabezas y cola llena de
aguijones venenosos, hijo de Tifón y de Equidna y hermano de Ortro –el perro de
Geriones– que comenzó a ladrar como un poseso.
A los ladridos de Cerbero apareció el mismísimo Hades al
que Heracles, con su proverbial elocuencia, le explicó el motivo de su visita
siguió convencerlo para que le prestara su perro.
Tras escuchar pacientemente a su sobrino, Hades le permitió
llevárselo con la condición de que, para ello, no utilizase ningún tipo de
armas, cosa que hizo Heracles echándose a Cerbero a su espalda y, gracias a la
piel del León de Nemea, sin preocuparse de los aguijones venenosos de la cola
del terrorífico can.
Una vez en Micenas, Heracles, ante el terror de los
cortesanos de Euristeo, dejó libre a Cerbero y éste, echando espuma por la
boca, salió corriendo de palacio y no paró hasta llegar de nuevo a los
Infiernos.
LOS TRABAJOS DE HERACLES
12º. LAS MANZANAS DEL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES
El contrato de servidumbre tocaba a su fin y Euristeo no conseguía acabar con Heracles por lo que, haciendo un último y desesperado intento por conseguirlo, le encargó un trabajo imposible para cualquier mortal por fuerte que éste fuera:
Traerle algunas manzanas de oro del ignoto y lejanísimo
Jardín de las Hespérides y cuya entrada estaba vedada terminantemente a todo
ser mortal.
Para conocer el origen de dicho jardín hay que remontarse a
los esponsales de Zeus y Hera.
Como regalo de boda, Gea, abuela de la novia (también del
novio, pues ambos contrayentes eran hermanos) regaló a ésta unas manzanas de
oro.
A Hera le gustó tanto el regalo de su abuelita que decidió
plantar una de las manzanas en las inmediaciones del monte Atlas.
Esta manzana dio origen a un manzano, que sería el primero
de un bellísimo jardín. (Al menos así lo cuenta la versión más conocida del
mito).
Para cuidar el Jardín, Hera colocó en él a las Hespérides,
tres ninfas que atendían a los bonitos nombres de Egle, Eritia y Hesperetusa.
Harta de que las hijas de su vecino Atlante –o Atlas–
entraran en su jardín como Pedro por su casa, Hera colocó como guardián un
dragón inmortal de cien cabezas, hijo de Tifón y de Equidna, llamado Ladón que,
además de no dormir nunca, era inmortal.
Existen numerosas versiones sobre como Heracles supo la
ubicación del áureo jardín. He aquí la más conocida:
Siguiendo el consejo de unas Ninfas, Heracles fue en busca
del único que conocía la ubicación del Jardín, el dios marino Nereo, hijo del
Ponto y de Gea, pero le advirtieron de que éste era muy remiso a dar
información a nadie y menos a los mortales.
Heracles encontró a Nereo durmiendo plácidamente por lo
que, siguiendo el consejo de las ninfas, lo agarró fuertemente, jurando por
todos los dioses no soltarlo hasta que le dijera como llegar al Jardín de las
Hespérides.
Nereo hizo todo lo posible para librarse del abrazo de
aquel energúmeno pero, al final, no tuvo más remedio que darle la dirección
requerida.
Tras mucho andar, ya en las proximidades del Jardín,
Heracles se encontró al Titan Atlante al que, tras la guerra entre dioses y
titanes, Zeus había condenado a mantener sobre sus espaldas la bóveda celeste.
Mientras Heracles preguntaba educadamente al Titán por el
emplazamiento del Jardín pues necesitaba cogen algunas manzanas, éste, que
estaba más que harto de aguantar semejante peso sobre sus hombros, consideró la
posibilidad de cargarle el muerto a aquel tipo pues parecía lo bastante
fuerte para soportarlo.
Y así, con amables palabras, le informó de que ningún
mortal podía entrar en el Jardín de las Hespérides pero que si quería
sostenerle un momento la bóveda celeste él mismo le traería las manzanas en un
periquete.
Heracles aceptó el trato y cargó con aquel inmenso peso
mientras Atlante iba a por las manzanas, pero enseguida se dio cuenta de que
aquel gigantón lo había engañado como a un chino.
Por ello cuando Atlante regresó con las manzanas con la
intención de reírse de él y dejarlo para siempre con su carga, Heracles –aunque
no hay testigos que lo corroboren– inició el siguiente diálogo con el Titán:
– Muchas gracias, pero ya no quiero las manzanas, lo que sí
te agradecería muchos es que me dejaras sostener la Bóveda Celeste para
siempre.
Atlante, sorprendido, ante tan rara petición le contestó:
– No sé, no sé...–contestó
Atlante, sorprendido por tan rara petición– es un trabajo de mucha responsabilidad…
Pero...¡en fin, me has caído bien y te lo dejo para siempre!
Ya se iba a alejar pensando aquello de que “hay gente pa
tó” cuando Heracles le dijo:
–Antes de que te marches te voy a pedir un último favor:
Sujeta la bóveda un momento mientras me pongo un almohadón en el cuello para
estar más cómodo.
Atlante pensó que no podía negarle un último favor a aquel pardillo
que le había quitado tan gran peso de encima y volvió a cargar con el Cielo,
momento que aprovechó Heracles para coger las manzanas y salir por pies dejando
al Titán jurando en arameo y gritándole que volviera.
Tras un larguísimo viaje de regreso entregó las manzanas a
Euristeo pero este no quiso quedárselas por miedo a los dioses y Heracles se
las ofreció a Atenea que las restituyó al Jardín.
Y con este duodécimo y último trabajo Heracles quedó libre
para seguir realizando, de ahora en adelante, todo tipo de hazañas, pero ahora
por cuenta propia.
MELEAGRO
JUAN CUERDA
PTERELAO Y COMETO.
Las peleas fueron increscendo a medida que cumplían años y, más de una vez, Belo tuvo que ponerse serio para evitar que aquellos dos cafres no se eliminaran mutuamente.
JUAN CUERDA
Psique reanimada por el beso del amor, obra de Antonio Canova, expuesta en el Museo del Louvre, Paris


Saturno devorando a un hijo Saturno devorando a un hijo
Aracne era una joven de Lidia, hija de un tintorero llamado Idmón, cuya habilidad tejiendo la había hecho famosa en su ciudad, fama que la llevó a presumir de ser mejor tejedora de toda Grecia, e incluso de superar a la mismísima Atenea, diosa de este arte.
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